El Paraiso de un Maestro Sólo un genio podía crear una canción como ésta, hace ya 34 años. El streaming es lento de carga, pero vale la pena ponerlo en pause dos minutos y luego reproducirlo.
Frank Morgan lanzó su primer disco como saxofonista de jazz en 1.956. Poco después comenzaba una deriva personal llena de drogas, robos y numerosas estancias en prisión que duraría treinta años, de los cuales veinte (entre las distintas condenas) estuvo entre rejas. Pero Frank Morgan volvió, aunque parezca increíble pudo dejar atrás todo aquello, y en 1.986 editaba su segundo disco. Desde entonces y hasta hoy, sigue en lo más alto del jazz actual, y es capaz de versionear estándares de esta manera:
¿A qué llamas un tema majestuoso? ¿A Freddie Mercury y sus canciones himno ya tan anticuadas? ¿A las buenas baladas de U2 (aunque cueste creerlo hoy en día, las tenían? ¿A las soporíferas composiciones de Coldplay?
Déjate de milongas. Yo no quiero sentar cátedra, ni epatar, ni nada parecido. Pero sé que ÉSTE es un tema majestuoso. ¿Adivinas su intérprete?
La revolución digital ha comenzado definitivamente a llegar a nuestras vidas de forma palpable y práctica. En cualquier pequeño pendrive podemos transportar y visualizar cinco o seis películas, millares de canciones, decenas de miles de fotos. Los discos duros portátiles cuentan ya en terabytes con precios por debajo de 100 euros y tamaños en constante reducción. Tal vez todo esto suponga el fin del copyright y la desaparición de muchas otras industrias audiovisuales tras la debacle de las discográficas y de gigantes como Kodak , lo que es seguro es que nunca hemos tenido tanta información en (literalmente) nuestras manos, y que nuestra capacidad de almacenarla con garantías se multiplica por diez cada pocos años.
Por eso me ha fascinado una extraña e inesperada forma de pervivencia de la información cargada de reminiscencias históricas y que de manera sorprendente permitió que nos llegaran varios textos de la antigüedad clásica. Me refiero a los palimpsestos (o palimpestos) palabra que además de ser misteriosamente extraña, se refiere a los manuscritos antiguos que conservan huellas de una escritura anterior que fue borrada.para permitir su reutilización. Dicho de otra forma, el papiro o pergamino era raspado para poder ser reutilizado, pero las trazas de la escritura original permanecieron, susceptibles por tanto de ser estudiadas y recuperadas. Lo fascinante es que de esta forma, a lo largo de la historia se han descubierto o recuperado obras (o por lo menos fragmentos de obras) clásicas ocultas en pergaminos reutilizados para otros fines menos cultos. Una acción de reciclaje derivada del afán de economizar (y seguramente transida en muchas ocasiones de desprecio por la obra original) permitió de forma inesperada que obras de la antigüedad clásica transitaran ocultas a través de la historia moderna, para renacer a la vista de los hombres varios siglos después. ¿No es algo maravilloso?
Y es posible pensar que si no se hubiera realizado esa acción de eliminación fallida de la obra original, tal vez el manuscrito habría sido destruido por falta de utilidad “práctica”, o simplemente utilizado para otros fines que nada tienen que ver con la cultura. Es curioso constatar cómo una destrucción fallida de un artículo cultural sirviera finalmente para su perpetuación. Maravillosamente paradójico, no?
Aunque parezca mentira por todas las opiniones que van a ser vertidas de aquí a unas pocas palabras, me gustan las Fallas. Me encanta el olor a pólvora, la música en la calle, el color con que se viste la ciudad, las mascletás, los castillos de fuegos artificiales, la sensación de que la vida rutinaria de la ciudad queda en suspenso por una semana. Desgraciadamente, una tara incurable de mi carácter me hace ser extremadamente realista, por lo que no puedo obviar el sufrimiento que supone vivir rodeado de falleros del estilo todovaleporlafiesta. En primer lugar la música: una, que se reconoce megalómana hasta la medula, no puede menos que llegar a aborrecer cualquier tipo de sonido, cuando tres semanas antes de que empiecen a plantar la falla, con motivo de recoger dinero por el distrito para el sostenimiento de la fiesta (acto conocido popularmente como Replegá) aprovechan en mi barrio para poner cualquier CD que tengan a mano. Uno podría pensar que un loco víctima de un síndrome de escritura compulsiva se ha adueñado del mando del Spotify y se dedica a escribir autores aleatoriamente y sin criterio alguno, desde los pitufos maquineros a David Bisbal, pasando eso sí por Julio Iglesias, que a diferencia de relajarnos (creo que esa es su misión), puede llegar a helar la sangre cuando su voz atrona por una megafonía defectuosa, ubicada dos pisos justo bajo de mi almohada. El suplicio se prolonga durante los fines de semana previos a las fallas, (preferiblemente en horario de siesta o a primeras horas de la mañana). Y llegada ya la semana de fallas, si mis oídos han sobrevivido a tal vía crucis sónico, me lanzo a la búsqueda de la felicidad por el entorno fallero. Mañana (o pasado), más.
Creo firmemente que el universo masculino se puede dividir en dos grupos básicos: los que consideran más atractiva a Emmanuelle Béartque a la simpar Sophie Marceau (¡¡!!), y los que tienen claro que a la segunda no hay con qué darle (evidente, no?).
Pero claro, también está Charlotte Gainsbourg. Que le ha dado por cantar.
Y este blog lo escriben varias personas. Pero también yo. Y a veces quiero poner algo que me gusta. Aunque no se entienda mucho. Pero tengo una coartada: canta con el gran Beck, y la canción tiene sin duda su punto...
Como decía un comentario al post nº I, espeluznantes ellos, y a-pa-bu-llan-te ella. No dejo de fascinarme con la capacidad vocal, estilo y fuerza en directo de esta mujer.
"Philip K. Dick fue el hombre que me convenció, siquiera durante la duración de una novela, de que podía existir una sociedad cuya moneda de curso legal fuera la mermelada de naranja"