Todos conocemos la trayectoria de Tina Turner. Soulwoman vibrante, mito del rock, pasó (como tantas otras) al más profundo de los olvidos a mediados de los setenta, hasta que (como sólo algunas), resucitó comercialmente hablando en 1984 con “What love’s got to do with it”, que la convirtió en estrella pop. Y con ese cambio de estatus, se acabaron los rugidos soul, la rabia, la potencia. Para escalar los charts se necesitaban intrascendentes (cuando no insulsas) cancioncillas de estribillos siempre parecidos, siempre aburridos. That’s business, friend.. Tina Turner se hizo así rica, y desde luego que se merecía eso y más, dado cómo la había tratado durante décadas el canalla de Ike.
No obstante, en sus giras, cuando bajaba el ruedo y cantaba en directo, se podía descubrir a la misma cantante que en los años 60 había incendiado las audiencias con su voz y sus actitudes orgullosas. Y, en ocasiones cuando sobre el escenario se decidía a recuperar el legado del soul y cantar clásicos como “A Change is Gonna Come” (hey, cuarta versión de este tema en el blog!), se podía adivinar en su garganta todo lo sufrido, todo lo sentido, y disfrutar de una voz francamente inapelable. Y por ello lo cuelgo en este post:
Pos-post: Ike Turner murió hace muy poco. Y como se dice en un gran blog, siempre nos quedarán las Ikettes
Quien ha leído novelas de Alejandro Dumas, sabe lo que es disfrutar de la literatura de aventuras, de capa y espada, en un universo literario lleno de realidad y verismo, muy alejado de la versión edulcorada y heroica que Hollywood nos ha dado de, por ejemplo, los tres mosqueteros (en la novela, de hecho, los citados tienen como una de sus preocupaciones fundamentales el conseguir cada día algún apaño para poder comer caliente, quedando para otro momento los ideales heroicos).
Mi mujer, que no es española, me habló siempre de otro autor de capa y espada al que recordaba con devoción, Paul Feval, y de su mejor novela, “El Jorobado”. El destino quiso que la leyera hace dos años. ¿Y qué me encontré?Ni más ni menos que una maravillosa novela de aventuras caballerescas, donde la picaresca, el honor llevado a sus últimas consecuencias, los sacrificios vitales más heroicos, las traiciones más inesperadas, los amores ocultos, los complots más elaborados y los brillantescombates a espada, se suceden, se entremezclan y finamente se funden en un arrebatador torbellino. Una novela de aventuras, sí. Una novela folletinesca, también. Un suculento bocado para disfrutar a lo grande, sin duda, si uno logra dejar a un lado sus prejuicios sobre “literatura seria”.
Y de la magnífica galería de personajes de esta deliciosa novela, no puedo sino destacar a aquel que puede hacer grande una historia a poco que esté bien elaborado: el malvado.El conde Felipe de Gonzaga queda para la historia ...
Cuando se pinta, la música aporta a menudo un ambiente involuntario al cuadro, una energía invisible que fluye desde el oído a nuestros dedos. En mi escuela de arte, todos llevaban su MP3: imaginaros en medio de una gris sala de clase, mientras todos esos mundos coloreados surgían sobre el papel. Intercambiábamos nuestros universos por llave USB: es así como una amiga me hizo conocer a Patty Griffin.
Nos perseguía hasta en su coche.
Hacíamos sonar determinadas canciones una y otra vez hasta
emborracharnos con ellas. Sé que pintando este croquis en un barco
finlandés, a la luz del sol nocturno, estaba escuchando Rowing Song. Y cuando lo miro, la oigo sobre el papel.
Porque todos los artes son gustativos, y nos nutren.
Dos (una) melodías elegíacas No
soy ni aficionado ni entendido en música clásica, aunque resulte tan
feo reconocerlo en estos tiempos de corrección política a ultranza y progresismos postizos.Pero hace unos meses tuve el privilegio de presenciar el concierto de presentación de la Orquesta de Cámara de España, una formación creada y liderada por mi buen amigo Vicente Cueva.Y en ese concierto me fascinó una de las obras del programa, las Dos Melodías Elegíacas del compositor noruego EdvardGrieg.Tras
pensarlo un poco, he decidido no comentar nada sobre esta obra porque
lo haría con la misma autoridad moral que si hablara de física cuántica
o de la cría de la babosa en Mozambique. Así que, simplemente les pongo el reproductor de una de ellas, para que prueben, y si les gusta, pidan más...
Este post quiere hablar de la responsabilidad que Disney, en su calidad de uno de los principales generadores de contenidos infantiles, tiene en el ahogamiento actual de la infancia como etapa de desarrollo del individuo.
Me explico:
Hace apenas una
generación el espacio natural de la infancia se extendía hasta la
adolescencia, e incluía el inicio de los dolores: la pubertad. Durante
todo ese tiempo, lo que se esperaba de un niño era lo que cabía esperar
de un niño y lo que se ofrecía a un niño era lo que a un niño cabía que
le fuera ofrecido.
En los contenidos de las películas Disney estos parámetros eran diáfanos e indiscutibles, pues la conducta de sus personajes infantiles correspondía siempre a modelos infantiles
y la conducta de los personajes adultos cuyo modelo se proponía
(argumento éste injusta y repetidamente empleado por los
requetemoderniprogres para denigrar aquellos clásicos) no quebraban la
inocencia de la visión infantil, aunque algunos aspectos argumentales
de los clásicos Disney se alejan notablemente de lo que hoy
consideraríamos políticamente correcto. Cabe notar en este punto dos cosas...