Era difícil prever el resultado final. En el ecuador de los ochenta, el más visionario miembro de los Monthy Pyton se ponía manos a la obra con el propósito de filmar (nada más y nada menos) una fábula negra inspirada en el 1984 de Orwell y en el universo de Kafka. A tan arriesgada idea, añadiría algunos ingredientes “distintos”:
- Una imaginería visual barroca, irónica, asfixiante.
- Una omnipresente tecnología retromórfica, que anticipaba en cierta forma el steam-punk.
- Humor cáustico, negro, negrísimo. - Una visión ácida e hipertrofiada de la aberrante sociedad estético-consumista que ya en los ochenta nos rodeaba. - Una burocracia todopoderosa que marca todo el devenir de la vida diaria, y en el que cualquier pequeño error de registro decide tu “retirada”. - Tubos, conductos, cables, cañerías por todas partes, infiltrándose en todos los huecos, absorbiendo todo, respirando, controlando... “Hoy vamos a hablar de tuberías”, primera frase de la película y primera visión alucinada de la realidad. - Paranoia. Más paranoia. Más todavía ("aquí esta el recibo por su marido. Y aquí está mi recibo por su recibo"). - Efectos especiales afortunadamente no digitales, afortunadamente fascinantes.
Con estos ingredientes, se podían obtener dos productos: el más probable, un bodrio intragable apto para martirizar a mentes incautas. Pero un guión lleno de hallazgos y bromas crueles, y el genio de su director, hizo el milagro: el producto final fue una obra maestra inigualable, única, histriónica e histórica, impagable, agobiante, deslumbrante. Estoy hablando, cómo no, de Brazil (1984), de Terry Gilliam, la, para muchos, mejor película de ciencia ficción de los años 80 (con permiso de Blade Runner), la mejor distopía plasmada nunca en pantalla grande, y una de las más deslumbrantes y oscuras obras reflejadas nunca en celuloide (le pese a quien le pese) . La mejor forma de comprobar la genialidad de esta obra es hacer la prueba del algodón: verla (o reverla) a día de hoy, para comprobar no sólo que por ella (en mi personal opinión) no ha pasado el tiempo, sino aún más: que muchas de sus ironías, de sus paranoias, de sus crueldades argumentales han cobrado un nuevo sentido en este nuevo milenio, en el que, sí, tal vez no tenemos la pared llena de tuberías y conductos extraños como en Brazil, pero manojos de fibras ópticas, cables telefónicos y demás conexiones nos mantienen conectados permanentemente a la RED. De hecho, la película comienza con un texto: “En algún lugar del siglo XX...” o XXI, diría yo. La historia comercial de la película tiene mucho de humor absurdo. Nos cuenta el amigo Wikio que el final original del film (hiriente y cruel, desde luego), aterrorizó hasta tal punto a sus productores, que cambiaron por su cuenta el final para el mercado americano, y llegaron a retitular la película. Algo a decir verdad propio del mundo plasmado en la película. Pos-post: En la blogosfera se pueden encontrar aportes magníficos sobre la película (y críticas despiadadas). De entre los primeros vale la pena destacar éste.
Audrey Hepburn y Grace Kelly. Backstage de la 28 ceremonia de entrega de los premios Oscar, 21 de Marzo de 1956. Audrey Hepburn presentaba el oscar a la mejor película ("Marty"); Grace Kelly el de mejor actor (Ernest Borgnine).
Matthew Sweet es un joven americano, blanco, gordito, con cara de buen tipo, y al que le encantan los Beatles. Matthew lleva ya algunos años haciendo discos de pop. Pop guitarrero, alegre, resultón. Como he dicho antes, Matthew es un buen tipo, al que seguro que le encantan los comics de la Marvel.
En ocasiones escribe canciones redondas, que al sonar nos evocan sensaciones blancas, como cuando una luz irrumpe de repente un sótano abandonado, haciendo brillar las motas de polvo que flotan en el aire.
Los conceptos realmente revolucionarios, aquellos que podrían hacer tambalear los pilares de esta sociedad, suelen pasar inadvertidos o, peor aún, suelen ser fagocitados por el sistema e integrados como extravagancias y boutades sin posibilidad de desarrollo posterior. Algo así pasó hace tres cuartos de siglo con un texto de Walter Benjamin. Se titula "La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica", y sus implicaciones debían haber derrumbado la idea del Sagrado Objeto Artístico y haberla sustituido por la volátil mirada artística. La pregunta era, y sigue siendo: ¿Qué sentido tiene que en una época en la que original y copia pueden ser exactamente iguales, el original tenga más valor, y sigamos experimentando una sensación singular cuando creemos estar ante un original? Pero en lugar de la respuesta evidente (“ninguno”), el sistema hace caso omiso y lleva ciclos enzarzado en reinventos conceptuales intentando encontrar una esencia ajena a la destrucción que implica esa respuesta.
Pero no la hay. O, al menos, no en la forma en la que se la busca, pues el motivo último no es conocer la naturaleza del arte, sino encontrar aquello que permita sostener el valor económico del objeto artístico contemporáneo. Baste por ahora esta tesis que pretende inaugurar una línea de breves reflexiones sobre el arte actual.
Ruthie Foster no tiene el cuerpo de Rihanna. Ni la voz y el glamour de Beyoncé Knowles. Ni la fama y el divismo de Janet Jackson. Difícilmente vaya a ganar un Grammy, o vender millones de discos. Pero Ruthie Foster canta soul, o country traspasado de soul (que es casi lo mismo). Y lo hace con sencillez y cercanía, sin aspavientos, sin coreografías espectaculares ni una hora de maquillaje previo a cada aparición pública. Sin escotes atractivos ni parrafadas de rap entre cada estribillo. Ella sólo canta. Y sin nada de lo mencionado antes, consigue en muchas canciones reconciliarnos con la música, y hacernos volver a creer que es algo más que brillantes producciones o singles adictivos, que es algo más que dinero, productores estrella y Billboard.
CAPÍTULO 14 de "El Restaurador", novela on-line Hoy es sábado, por lo tanto, esto es Atenas... no, uf, perdón por el lapsus, quiero decir que ya toca colgar un nuevo capítulo de nuestra gran novela on-line...