Ayer compré algunas cosas en una interesante librería de usados, el Desván del Libro, y con ello estaba comprando el pasaje para dos viajes en el tiempo, ambos mentales, ambos inesperados. Por tres euros adquirí “Persuasión”, de Jane Austen. Las formas, mentalidades y convenciones sociales de la Inglaterra de principios del XIX me esperan en su interior. También, la visión moderna, sagaz, deliciosamente irónica de una escritora que se adelantó a su tiempo más de un siglo. Es lo bueno de los libros, que siempre te esperan. “Tienes más paciencia que un libro”, suele decir un amigo mío… Pero además, la edición es muy especial. Colección “Primor", editorial "Juventud Argentina”, editado en Buenos Aires en 1941. Sus viejas tapas han recorrido 67 años, toda una vida, para llegar a mis manos. El libro como objeto físico es otro ticket al pasado, escrito no obstante con unas señales indescifrables. Sus manchas, sus arrugas, sus anotaciones en el interior, no me dirán nunca cómo nacieron. Pero imaginar es gratis. Porque en 1941, en Argentina, mandaba el general Perón. Y la mentalidad de esa época era muy concreta. El propio título de la colección marca el camino: “Juventud Argentina”, libros seleccionados para no distorsionar las buenas formas y principios que debían regir la educación de los jóvenes y las jovencitas porteñas. La II Guerra Mundial estaba en su primera fase, con Francia colapsada por el impulso de la Weirmach, y España vivía en plena posguerra. Ese era el entorno mundial cuando el libro que tengo entre las manos nacía en una imprenta en la calle Perú al 666. Tal vez lo leyó una joven de la buena sociedad porteña. Tal vez acabara pronto en la Biblioteca Nacional, donde Borges trabajaría. Seguramente en sus 67 años de vida hay muchos periodos grises, opacos, perdidos en desvanes polvorientos y penumbrosos, entre el silencio de otros libros hivernados. No sé cómo fue su travesía hasta Europa: Por qué no un viaje de retorno de alguien que en los noventa deja el cono sur y vuelve a la Europa donde nacieran sus abuelos. O simplemente una prosaica venta al por mayor de libros viejos, para una distribuidora madrileña. Y todo ese camino, ignorado, y lleno por ello de posibilidades sin fin, escribió un nuevo, modesto capítulo, cuando lo compré.
No he podido evitar citar en el título de este post el lema del gran Gil Scott-Heron. La revolución del siglo XXI no ocurrirá en las calles, en los barrios marginados o en los podridos foros políticos de las democracias occidentales. Si ocurre (y todavía está por ver), comenzará en la mente de los hombre y mujeres, empezando por los jóvenes y adolescentes. Y no, no es que los púberes hiperhormonados comenzarán a ignorar los placeres epicúreos que el capitalismo sibilinamente les ofrece... No, lo que ya ha empezado a cambiar es la elección de lo que se consume, que ya no vendrá determinada por un canal unidireccional en el que unos pocos capos del Sistema (léase 40 Principales, Prisa, Telecinco o lo que se prefiera) moldean el menú a elegir para engordar sus suculentas cuentas. Eso está cambiando, y estoy hablando como ya es obvio de la radio, y más concretamente de la radio fórmula, moribunda y llamada a desaparecer en breve. Modernas inciativas como LAST.FM, Pandora, los playlist de Imeem o de la propia YouTube, convierten la acción de oír música on line en una auténtica experiencia interactiva, donde algoritmos desconocidos para nosotros registran nuestros gustos, nos hacen conocer los artistas que más se adaptan a ellos, y a su vez toman nuestra opinión para introducirla en un bucle continuo de valoración en línea, de la que se aprovechan en tiempo real otros oyentes con inclinaciones parecidas. Y a su vez, cada internauta puede elaborar su propia emisora virtual, donde recopila todas las canciones elegidas y recoge los aportes de otros internautas o grupos de internautas. La radio on-line, interactiva y dinámica es un hecho, y afortunadamente, podemos de momento confiar en los bytes y en la Red para su desarrollo, en vez de en directores de comunicación panzudos, operaciones triunfo o campañas promocionadas con maletines. Todo eso tiene cada vez menos futuro, aunque en este país que se creía hasta hace poco lo más de lo más, tardaremos un poco más que el resto en dejar de ser zopencos tirando de la noria.
Actualización 06/07/08: ¿No sabes que emisora elegir o cómo encontrarlas? Puedes empezar por aquí.
Mi buen amigo Salva ha inferido, a raíz del "principio" enunciado en el post precedente, una serie de cuestiones que considero impostergable plantearse y sacar cada uno nuestras propias conclusiones:
- ¿Supone la presencia de McDonalds la instauración de la paz, o su ausencia implica un incremento en las probabilidades de guerra?. - ¿Cuál de los bandos contendientes debe cargar con McDonalds: el que gana o el que pierde?. Si es el que gana ¿no hubiera sido preferible la derrota?, ¿no indica eso que existe una especia de justicia divina? - ¿Están las guerras promovidas por McDonalds para eliminar a la competencia previa? - ¿Tienen los tendones de vaca que comemos en las hamburguesas de McDonalds efectos en la generación de endorfinas y, por tanto, en el bienestar de la población, que impliquen la ausencia de deseo de guerra? - ¿Allí donde existe McDonalds se utilizan las armas para matar a las vacas en lugar de para matar a las personas? - ¿Es el adocenamiento social causa o consecuencia de la comida basura? - ¿De verdad, pero de verdad, de la buena, quieren los países en guerra del tercer mundo acabar consumiendo hamburguesas de McDonalds?
Yo de entrada sólo tengo claro la respuesta para la última...
Hace algunas semanas pude leer en uno de los mejores blogs económicos, un post en el que comentaba el curioso “principio” de que aquellos países en los que se ha instalado la cadena McDonalds nunca han entrado en guerra (o por lo menos no desde que se instalara la multinacional de la hamburguesa). Esto me ha hecho pensar un poco sobre los inesperados efectos positivos que tal vez tiene el consumismo exacerbado que nos rodea, nos imbuye y nos posee. Conexión ADSL, móviles con cámara, SMS, televisión de pago, seguro médico, viajes al extranjero por vacaciones, coche nuevo cada cuatro años, Playstation, Xbox, Wii, Nintendo DS, tamagochis, fiestas de cumpleaños en parques infantiles, colonia de verano para descansar de los hijos, DVD grabador con disco duro, ordenador con chip de doble núcleo, impresora doméstica de fotos, cajita feliz para los niños, restaurant de sushi una vez al mes, Home theatre para disfrutar del futbol y las películas, IPod, por qué no el IPhone, sabores exóticos a domicilio, Gran Hermano, drogas de diseño, Operación Triunfo, 40 canales de televisión, código Da Vinci, fiesta sorpresa de cumpleaños con actuación de cómicos incluida, depilación corporal completa, excursiones en quad, los fines de semana, viajes a Nueva York por 35 euros, etc, etc, tantas cosas sin las cuales nos resulta difícil imaginar el pasar nuestras vidas, y que hace tan sólo quince o veinte años sencillamente no existían. Nos reblandecen la percepción, nos mediatizan en nuestros gustos y aficiones, nos uniformizan en nuestra visión del mundo, nos convierten en sujetos pasivos y receptores, alejan la reflexión de nuestras neuronas… pero, tal vez, nos hacen más inofensivos. Y tal vez, a medida que las sociedades menos desarrolladas van alcanzando poco a poco el nivel de consumismo del que disfruta Europa occidental y los USA, los odios raciales, la agresividad, el nacionalismo estúpido, se amansan, se moderan, y la gente empieza a sentirse cloroformizada por la satisfacción inmediata de los sentidos, que el mundo global promete y poco a poco proporciona, aunque sea a base de tarjeta de crédito, préstamo e hipoteca. ¿Será entonces algo bueno el circo que nos rodea? Mmmmmm…
“Clásico es aquel libro que una nación o un grupo de naciones o el largo tiempo han decidido leer como si en sus páginas todo fuera deliberado, fatal, profundo como el cosmos y capaz de interpretaciones sin término”
Hace tiempo que me prometí no leer a mis contemporáneos vivos, al menos mientras no hubiera leído gran parte de las obras maestras que aún me faltan por leer (y ya dijo Borges que la única lectura posible es la relectura). Esta decisión, tan arbitraria como otra cualquiera, se ha visto refrendada cada vez que me he sido infiel, por lo que, tras cada novela, arrepentido de mi reciente pecado, me prometía de nuevo fidelidad a los clásicos con un propósito de enmienda tan inconsistente como mi propia voluntad. Sin embargo, de vez en cuando sucede que uno encuentra razones para seguir traicionando sus principios y eso es lo que me ha pasado con Retornamos como sombras. Reconozco, sin vergüenza, que desconocía a un autor con el poco literario nombre de Paco Ignacio Taibo II, que resulta ser, sin embargo, uno de los principales autores en lengua castellana del momento, reconocido internacionalmente y fundador de la semana negra de Gijón. Lo que he encontrado en esta novela es una estructura delirante, un argumento desquiciado pero con la solidez que sólo un bien aprendido oficio puede proporcionar. Dicen de él que es un escritor hispano mexicano y, sin embargo, no hay nada en España que permita suponer que un español, natural o asimilado, pueda crear un universo tan rico en matices, tan divertido en su fantasía metaliteraria, tan variado en líneas argumentales, como una orgía de serpientes en pleno frenesí reproductor, de modo que sólo cabe suponer que tal catarata sólo puede proceder de su mexicano exilio y, por lo tanto, no hay mérito alguno atribuible a esta tierras. Con sabiduría pero sin la intención de que la novela corrija los errores de la naturaleza, con compromiso pero sin la carga doctrinal tan común en los escritores de cualquier militancia, y con una cara de cachondo mental con quien apetece irse de cervezas, Paco Ignacio Taibo II me ha ganado para la literatura actual, al menos en parte.