Edward John Moreton Drax Plunket fue un aristócrata británico (irlandés en concreto) muy propio de su tiempo en todos los aspectos. Decimoctavo barón de su estirpe, aficionado a la caza, buen atleta, participó en las guerras boer en Sudáfrica, una de tantas confrontaciones que la Gran Bretaña mantuvo en el siglo XIX para mantener o ampliar su inmenso imperio colonial. Cultivó también la literatura, llegando a ser un muy exitoso autor teatral. Sin embargo, todo eso, incluido su arrasador éxito en Broadway, estaba destinado a no ser sino una minúscula coma en las páginas de la historia, y a ser olvidado, como tantas vanidades humanas. Pero el destino, caprichoso, quiso que sir Plunket cultivara en varios relatos un género “menor”, un género secundario. Ese género era el fantástico. Y por esos relatos, la historia resguardó del olvido a este barón, inmortalizándolo bajo el nombre de su titulo: Lord Dunsany
En multitud de relatos cortos, Dunsany recreó con extraña sensibilidad mundos extraños, lejanos, oníricos, algunos de los cuales ha sido considerado por la crítica como antecesor del género de fantasía heroica. Limitada visión, en mi opinión. Porque lo que más llama la atención y cautiva en ellos es el distanciamiento, casi la desgana, con la que delinea sus mundos imaginarios; la exultante elegancia de sus descripciones, ajustadas, pausadas. La sensación, al leerlos, de estar escuchando el relato de un viajero que, reposando en la tranquilidad de su hogar, felizmente regresado, va desgranando para nuestro deleite las etapas de su periplo, sin prisas, sin urgencias, casi sin pasión, con pulcritud de escribano.
Pero a su vez, los mundos descritos por Dunsany son cercanos y reales. Más por lo que sugiere (y no nos cuenta) que por lo que nos relata . Las peripecias que en ellos ocurren son en algunos casos tan sólo apuntadas, aludidas de forma indirecta, como si importara menos la anécdota que la plasmación de esa otra realidad. La textura de su lenguaje es en todo momento un deleite para nuestras mentes, cansadas sin saberlo de tanto modernismo y posmodernismo supuestamente genial, supuestamente original. Leer los relatos de Lord Dunsany es introducirse en un jardín exótico, silencioso, cuidado por invisibles manos, en el que, mientras paseamos entre exuberantes plantas extrañas, escuchamos el lejano rumor de un manantial. Y ese rumor nos invita a que que sigamos caminando. Tal vez no para descubrir nada. Sólo por el placer de caminar en la penumbra del camino de piedras y hojas, por el placer de captar el misterio de lo sugerido, a su vez desconocido, a su vez fascinante. Toda una experiencia que nos espera, sin prisa. Como todos los libros.
Pos- post: Aquí les dejo uno de sus mejores relatos cortos:
CAPÍTULO 12 de "El Restaurador, Novela On Line Con un poco de retraso (el trabajo, que no deja tiempo libre!) retomamos la cita semanal con "El Restaurador", la novela on-line exclusiva de este blog.
¿Os imagináis una sociedad en la que nadie muestra su verdadera cara, donde es más importante la forma en que se dicen las cosas que el contenido del propio discurso, y la fortuna económica depende más de la posición social que de la verdadera valía? "Pero si eso que cuenta es la sociedad española actual", pensarán muchos, ya un poco preocupados por mi creciente falta de originalidad. Bien, puede ser. Pero si dicha hipótesis la llevamos al extremo, le añadimos imaginación, un hábil argumento de ciencia ficción y el oficio de un solvente escritor, podemos encontrarnos con una pequeña joya como es el siguiente relato, o la parábola de una sociedad donde nada es lo que parece (sí, hay que pinchar el link):
Su autor, Jack Vance, es un clásico de la ciencia ficción norteamericana, con bien ganada fama por su asombrosa capacidad de recrear mundos imaginarios con un verismo y facilidad extremos. Irregular en la calidad de su producción, cuando estaba entonado lograba crear magníficas novelas de ciencia-ficción como "Mundo Azul". Y aun en sus obras menos logradas siempre se encuentra el gusto por la aventura y los argumentos ágiles, lo cual no es poco.
Tal vez sea un tópico a estas alturas hablar de Aretha Franklin. Pero leí hace poco en algún lugar que se cumplen 40 años del LP que la catapultó a su trono, ("Lady Soul", 1968), y no pude evitar pensar en la frase que titula este post. Porque sí, Aretha es una reina en el exilio.
Lo fue todo, el alfa y omega del soul, la voz más vibrante y emotiva de la música negra, pero lleva ya treinta años sin hacer un disco soul.Su carrera fue esplendorosa desde la segunda mitad de los sesenta y durante buena parte de los setenta, con un manojo de clásicos inigualables por composición, instrumentación y, por encima de todo , por su inimitable estilo de cantar desde lo más profundo de su alma. Sparkle fue su último disco que hacía honor al género. Producido por el gran Curtis Mayfield, tenía pequeñas grandes joyas como ésta. Luego, a partir de ese momento, la mediocridad. Discos insustanciales, uno tras otro, embebidos del mainstream más insulso, perdidos en el pop absurdo y en composiciones que quieren sonar a soul. Tal vez sería difícil para ella hacer en el 2008 lo que hacía en los sesenta.
O tal vez no. Bastaría una composición simple y directa. Un bajo que marque el ritmo. Un piano sin florituras. Unos vientos omnipresentes. Y su voz haría el resto, es decir, poner el alma. Es decir, todo.
Mientras que eso no llegue (y ya le queda poco tiempo para hacerlo), sus admiradores seguiremos esperando a que la reina Aretha vuelva a casa.
Stevie Wonder tiene ya 57 años. Tal vez, sí, ya ha pasado su mejor momento musical, y sus discos no tienen la repercusión ni el nivel artístico de antes.
Pero, si hubiese que elegir las diez mejores canciones de la década de los setenta, tres o cuatro serían posíblemente de este precoz genio. Es difícil olvidar que, él, y no otro, supo experimentar sin ningún tipo de temor, abrir nuevas rutas musicales y crear una obra de una envergadura envidiable. Y a poco que rebusquemos entre su insigne discografía, podemos encontrar joyas inmarchitables como ésta:
En el 2005 editó su último disco, "A Time to Love" , que mejora el nivel de los tres últimos, y, sin ser una obra maestra, guarda más de una perla. Ya tan sólo en el single, "So What The Fuss", con sus amigos Prince y B.B. King a las guitarras, (más unas poderosas En Vogueen los coros) nos recuerda lo que es de verdad una canción, dejando en el rincón más oscuro tanta panoplia estúpida y blandengue que impera en la música negra actual.
Aún en sus horas bajas, loor y respeto a un genio de la música.
Es innegable que el ser humano, especialmente el occidental, se encuentra inmerso en una profunda crisis de identidad, resultado de de la sociedad que él mismo ha creado. Ya no encontramos el lugar que como especie hemos ocupado desde el advenimiento de la civilización, y la causa de esta confusión es precisamente la transformación del entorno que nosotros mismos hemos realizado los últimos dos siglos. Somos incapaces de adaptarnos al nuevo habitat, a las reglas que nosotros mismos hemos dictado. El ejemplo más claro es la forma que tenemos de percibir ese supuestamente tan extraño fenómeno que es Al Qaeda.
El hecho me lo hizo ver un amigo periodista al transmitirme la opinión de un experto, curiosamente americano.
Al Qaeda, ese enemigo invisible, gran Leviathan, dragón devorador de todo lo que alguna vez conocimos y amamos no es, en realidad, nada, no existe físicamente o, al menos, no existe como nosotros creemos, sino como nosotros la creamos.
Porque lo cierto es que nuestro gran enemigo bebe de nuestras fuentes mercantiles y su propia naturaleza responde mucho más fielmente a la esencia del liberalismo occidental que nosotros mismos, por lo que puede decirse que es creación nuestra. En nuestro imaginario Al Qaeda se configura como una gran multinacional de la muerte al estilo de la Spectra de James Bond, con algún super-cuartel-general a kilómetros bajo las montañas de Afganistán, donde sus miembros se adiestran en universidades del mal para aprender misteriosos sistemas de comunicación corporativa. Pero lo cierto es que Al Qaeda no es así. Su fuerza no es la de nuestros ejércitos, ni tan siquiera consiste en que puedan matar en cualquier lugar y momento (eso podemos hacerlo también los que no somos de Al Qaeda). El verdadero poder de Al Qaeda radica en su capacidad de aglutinar voluntades y adhesiones en torno a un símbolo, y hacer que se identifiquen con él multitud de colectivos dispares, inconexos entre sí.
¿Les suena?
Hablamos del poder de una MARCA.
Al Qaeda es una marca, nada más queuna marca, pero conmás éxito y difusión (y por ello poder) que Coca-Cola, Virgin y Google juntos.
Pero hemos sido incapaces de entender este axioma, tan simple, tan occidental, tan producto de nuestro tiempo. Ben Laden sí lo ha entendido (o su asesor de marketing, vaya usted a saber)...
Y por eso estamos condenados a eternizar esta guerra con invasiones militares, bombardeos, resoluciones de la ONU y bloqueos internacionales. De nada vale controlar el balón si equivocaste el campo donde se juega el partido. Cuanto más hablan los mass media de Al Quaeda, más poder le dan.
La principal batalla de Al Qaeda no es militar, sino de valor de marca, y por tanto no puede alcanzarse la victoria mediante el empleo de armas, sino mediante el empleo del marketing y con las estrategias habituales de las batallas de marcas.
Conquistar la marca enemiga, o destruirla, es destruir su elemento de cohesión, la luz, el norte y guía de algunos locos dispuestos a diseminar las entrañas propias y ajenas en su extraña encuesta de popularidad.
Si no lo entendemos es que la evolución de nuestro occidente ha superado tal vez nuestra capacidad de adaptación como especie. Y por tanto, según las leyes básicas del darwinismo, no sobreviviremos. Pero... ¿deberíamos aceptar nuestra extinción?
Afirmar que Michael Nyman es mucho más que El Piano es una obviedad. De hecho, Michael Nyman es mucho más que las bandas sonoras que ha hecho por encargo. Pero esa pequeña colección de sublimes emociones nos permite disfrutar de su genio sin tener que comprometernos con experimentos musicales bastante más inaccesibles. En la mayoría de los casos me dio siempre la impresión de que esas piezas están artísticamente muy por encima de las imágenes cinematográficas a las que daban soporte. Gattacaes una de las excepciones. Una muy recomendable película de ciencia ficción (1997) que es a la vez un trhiller, una sencilla historia de amor, otra de amistad y un relato de superación personal frente a la adversidad. Todo ello ocurre en el marco de una oprimente sociedad futura donde la selección genética ha triunfado hasta el extremo. La comunión entre película y banda sonora es excepcional. Nyman consigue acentuar las emociones de la historia y de sus personajes con una música que es tortuosa, elegante, melancólica o alegre, pero siempre bella. Una de las piezas busca acercarnos al sentimiento de superación, al momento en que se vislumbra la propia capacidad de seguir, cuando se empieza a pensar que la meta es alcanzable. Lástima que sólo dure 1:07 minutos.