Tal vez la literatura nació con la epopeya, antes que con ningún otro género literario. O tal vez no. Lo que sí sabemos es lo que ocurrió cuando en 1888, un maestro de la narración, Rudyard Kipling, decidió escribir sobre la atroz epopeya de dos ingleses en Afganistán. Creó una obra maestra de la literatura, The Man Who Would Be King, El hombre que pudo ser rey. Escrito con una apabullante economía de medios lingüísticos, y a la vez con una pasmosa capacidad para retratar y transmitir el carácter de sus dos principales personajes (dos pillos, pero ingleses hasta el tuétano en su flema y orgullo inmaculado) siempre me ha parecido, además de una fuente de disfrute y asombro, una perfecta parábola de la desmedida ambición humana, de la capacidad de realizar gestas con la sola fuerza de la voluntad, del valor supremo de la amistad por encima de los errores, las ofensas y los olvidos. De , en fin, lo pasajero de toda gloria, por alta y resplandeciente que ésta pueda parecer. De lo triste del destino de los héroes, llamados a morir pronto para poder permanecer en el recuerdo y la retina de unos pocos, o incluso en ocasiones de una sola persona, testigo privilegiado de la auténtica grandeza, siempre muy próxima a la generosidad, al egoísmo y a la locura, o tal vez una amalgama de todas ellas. Una novela corta a releer cada año. Un relato maestro como éste tuvo su versión cinematográfica, que fácilmente podría haber destrozado el original. Pero quiso la fortuna que el proyecto fuese acometido por un John Huston en estado de gracia, con dos actores (Michael Caine y Sean Connery) en idéntico estado (más un casi irreconocible Christopher Plummer,vaya reparto!), de forma que la película del mismo título resultó una maravillosa cinta de aventuras, donde el guión, la ambientación (fue rodada en Marruecos) las interpretaciones y sus inolvidables escenas (sin infografías ni efectos digitales), seguramente la convierten en una de las más emotivas aventuras en celuloide nunca filmadas. Todavía recuerdo la primera vez que la viera, de adolescente, a las dos de la mañana, en una de esas raras emisiones de madrugada que hacían antaño en la 2. Tuve la fortuna de verla sin ningún conocimiento previo y por tanto sin ningún prejuicio. Leída años más tarde la novela, no podía imaginar sus personajes sin evocar la cara de Connery y Caine, pero en este caso no fue una rémora para el disfrute. Uno de los pocos casos en los que una obra maestra de la literatura da lugar en su versión cinematográfica a otra obra maestra. Y, como era de temer, Kipling sigue encuadrado por muchos expertos en el género juvenil (como Stevenson, Chesterton y tantos otros maestros), cajón de sastre que tan bien ha venido a muchos críticos ineptos para justificar su discutible gusto y poder seguir solazándose en las novelas más sórdidas y truculentas. Ellos se lo pierden.
Vagando de forma inopinada por la red, me encontré con un inquietante concepto de un analista de mercado (David Lebow), que indica (ayayay!) que nuestra forma de vida seguramente fue diseñada y preconfigurada hace ya más de medio siglo por algún semioculto thinktank americano: "Nuestra economía, enormemente productiva, exige que hagamos del consumo nuestro estilo de vida, que convirtamos el comprar y utilizar bienes en auténticos rituales, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción del ego, en el consumir... Necesitamos que se consuman cosas, se quemen, se sustituyan, y se tiren, todo ello a un ritmo cada vez más rápido"
Les suena, no? Pues tomen nota de que se escribió en 1.955... El dato lo obtuve de este interesante vídeo, que en 22 minutos resume muy bien algunas ideas básicas de la situación actual, y que es certero en sus conclusiones, aunque sesgado en su razonamiento, ya que elude comentar los innegables beneficios que durante varias décadas ha reportado a la humanidad (en cuanto a desarrollo económico y tecnológico) el modelo de crecimiento basado en una filosofía consumista, que ahora (es cierto), está llegando a los límites marcados por el propio planeta (pongo la versión doblada, para facilitar las cosas a los monolingües como yo).
Y, para ser honestos, alguien debería preguntarse cómo se puede vender esto a economías emergentes como China e India, es decir, justo ahora que buena parte de su población accede al lavavajillas, al televisor en color y hasta al coche, llegamos nosotros desde la sociedad occidental y les decimos “eh, un momento, es cierto que nosotros hemos disfrutado de un altísimo estándar de vida desde hace cuatro décadas, pero ahora que os toca a vosotros, verás, esto... pues os tenéis que moderar, ya sabéis, el planeta no da más de sí, y nos vamos a cargar el ecosistema, y el calentamiento global y todo eso, así que un poco de calma con el crecimiento de vuestro PIB, eh?”. Humm, algo me dice que no nos harán mucho caso. Aunque dudo también que ningún gobierno occidental esté pensando en decirles algo así, claro.
The Charades es un grupo de chicas que no hace música de chicas sino un ingenuo pero absolutamente redondo pop clásico guitarrero, que te recuerda que es posible todavía hacer música fresca y directa sin caer en la estupidez o la comercialidad más banal. Si a esto añadimos su aspecto de gente absolutamente normal y sin pose, no se puede sino probar a escucharlos y verlos. Su tercer LP es, bajo mi modesta opinión, brillante, con dos o tres gominolas de adicción instantánea .
Es Julio. Es veranito. El calor aprieta, y aunque muchos seguimos trabajando, la mente ya vuela a remotos lugares muy alejados de nuestros tristes cubículos laborales. Repito, es veranito, la ropa se aligera y la psicinita refresca. Por ello, y dado que de aquí a que me tome unas merecidas vacaciones a primeros de agosto voy a poder escribir muy poco,vamos a rebajar nuestro nivel de concentración intelectual, y a hacer un post veraniego, para aligerar el discurso de reflexiones metafísicas y disgresiones sesudas: Un vídeo, una canción, un pasatiempos y un libro, todos ellos ligeritos, sencillos,(casi de usar y tirar, como tantas cosas buenas de esta vida) que les dejo para quien quiera disfrutar de ello (y quien no, pues no).
Para empezar...
"Puede que la honestidad sea la mejor política, pero es importante recordar que al parecer, por eliminación, la deshonestidad es la segunda mejor política."