Acabo de rematar "La vida misma", magnífica novela del sr. Paco Ignacio Taibo II, en la que este inquieto mexicano consigue fusionar el clásico argumento de la novela negra (un asesinato, almas oscuras, violencia y traidores a cada paso etc) con un retrato cuasi-costumbrista de los protagonistas, desarrollando la historia en el escenario de la realidad social y cotidiana del México priísta (corrupto, lleno de caciques, sicarios y silencios cómplices).
A ello se suman los ingredientes habituales en las novelas de Taibo: un hábil manejo del humor, una impagable galería de personajes secundarios (descrita con evidente cariño por el autor y a quienes de hecho dedica la novela), y su habitual oficio para desarrollar y cerrar argumentos, para encontrar frases felices y descripciones delirantes. El resultado es lo que es: una novela entretenidísima, no exenta de enjundia, y que, habiendo disfrutado de lo lindo el que suscribe durante dos semanas, recomiendo desde mi (feliz) irresponsabilidad de lector aficionado.
Miren, no lo puedo evitar. Siempre me ha gustado la Navidad, tal vez porque (como decía un amigo mío), si tuviéramos que sentir durante todo el año lo importante que son los amigos y la familia, nos resultaría difícil de soportar. Pero ya no puedo más. Cuando los vecinos buenrollistas se apresuran (el 20 de noviembre!) a colgar el cutre-papa Noel de sus balcones. Cuando entro en cualquier hipermercado o centro comercial y me avasallan con villancicos chim-puneros a todo volumen (o lo que es peor, su versión flamenca). Cuando la Navidad se convierte en un espectáculo de vanidades en el que cada ayuntamiento compite por emplastar su ciudad con las luces más caras, chillonas y vanguardistas (aunque cuesten millones de euros, olé la solidaridad). Cuando por contra no se puede poner un modesto belén en el colegio (postrados todos ante el buenismo cateto y políticamente correcto). Cuando tienes que estar tres horas de pie para que tus hijos vean pasar fugazmente una carroza desde la que disparan caramelos a troche y moche (no sea que les produzca un trauma no acudir a la cabalgata). Cuando se propone seriamente llamar a este periodo “fiestas de invierno” , quitándole todo contenido espiritual (de la religión que sea), y convirtiéndolo, por Dios, en OTRA fiesta materialista, otra oportunidad de entregarnos a los placeres consumistas y nada más… Qué quieren que les diga: yo dimito de las navidades antes de que empiecen, por lo menos de las que nos pretenden jeringuillar en este país bárbaro, vanidoso y superficial. Y por eso me refugio muchas veces, como tantos otros, en mi pequeño mundo familiar y mi pequeño mundo interno, donde vuelvo a encontrar algún sentido a estas fechas (no crean que es fácil), independientemente de que no sea creyente. Y por eso éste es el único post navideño que voy a colgar, eso sí, con una preciosa versión de “The little drummer boy” (El Tamborilero para los castizos y raphaelitas), realizada con sensibilidad y talento por un refinado crooner, el entrañable Perry Como.
Sheryl Crow siempre me ha gustado. Hace un rock tradicional americano sanote y sin complicaciones, pero lleno de buenas canciones. La mejor de ellas es "If it makes you happy", que aunque tiene un gran vídeo, vale la pena revisarla en directo, donde podemos comprobar su magnífica voz.
La saturación lleva al hartazgo; el hartazgo lleva al dolor; el dolor lleva al odio; y el odio lleva al lado oscuro de la fuer... no, perdón, no es ahí donde quería llegar, mejor empezaré de nuevo. La reproducibilidad mecánica masiva de las obras de arte, extendida en los albores del siglo XX, acabó definitivamente con el “aura” de la obra de arte original, por mucho que esforzados intelectuales se empeñen en demostrar lo contrario. Curiosamente, algo parecido está pasando con las creaciones audiovisuales (sean o no obras de arte, que ése es otro tema). Hace tan sólo diez años la única forma de copiar y compartir un LP en vinilo o un CD era mediante las cutre-copias en cinta de casette. Ahora como todos sabemos nos podemos descargar la discografía completa de un grupo en 10 minutos. Y algo muy semejante está ocurriendo con las películas, cuyas copias piratas puedes encontrar en internet con una calidad más que digna. ¿EL resultado? Paradójico: cada vez conozco más gente hastiada de la música, que no se descarga más canciones porque ni siquiera tiene tiempo para oír las miles que ya tiene en su disco duro… y de esa forma pierde también el interés en descubrir nuevas cosas, asfixiados hasta la náusea por tantos mp3 imposibles de abarcar en una vida. Y baste un ejemplo: Un IPod puede guardar 10.000 canciones en su disco duro, lo que supone que necesitaríamos 25 días (con noches incluidas) de escucha continua para poder oír al completo su contenido. ¿Cuántos de vuestros amigos conocen 10.000 canciones distintas? ¿Cuántas conocéis vosotros? Parece que internet puede acabar por matar la estrella de la música, concebida ésta como una simple fuente de disfrute, y convertirla en un producto de consumo compulsivo y por ello ausente de placer alguno. Y sin embargo, es curioso comprobar cómo supuestos fósiles como la radiofórmula vuelven, metaforseadas, por sus fueros: así, iniciativas web como Spotify o GrooveShark ganan cada día más adeptos y van camino de convertirse en estándars internacionales. ¿Qué aportan estos servicios? Algo tan sencillo como atractivo: cierta imprevisibilidad respecto a la siguiente canción que vas a oír. Porque tal vez no haya nada más aburrido que convertir nuestro disco duro en una suerte de aleph musical con toda las canciones que han sido y son en la historia, no?
Dentro del viraje hacia el clasicismo que al parecer está experimentando este humilde pero intrascendente blog, no he podido evitar colgar esta pequeña delicadeza del señor Michael Bublé, (gracias, Salva!) que se marca aquí una arriesgada versión de un estándar (Cuándo, Cuándo, cuándo), tomando como coequiper, oh sorpresa, a la señorita Nelly Furtado, actualmente la única alternativa latina a la cada vez más pesada y sobrevaloradísima Shakira. El resultado es mucho mejor de lo que se podía esperar, elegante y sedoso.
El pobre viejo Bill es un rotundo relato de piratas lleno de humor negrísimo, misterio y saludable brevedad. Y por cierto, la tercera vez que traemos una creación del gran Dunsany a este (¿repetitivo?) blog. En una antigua guarida de marineros, una taberna del puerto, se apagaba la luz del día. Frecuenté algunas tardes aquel lugar con la esperanza de escuchar de los marineros que allí se inclinaban sobre extraños vinos algo acerca de un rumor que había llegado a mis oídos de cierta flota de galeones de la vieja España que aún se decía que flotaba en los mares del Sur por alguna región no registrada en los mapas.
Mi deseo se vio frustrado una vez más aquella tarde. La conversación era vaga y escasa, y ya estaba de pie para marcharme, cuando un marinero que llevaba en las orejas aros de oro puro levantó su cabeza del vino y, mirando de frente a la pared, contó su cuento en alta voz: Cuando más tarde se levantó una tempestad de agua y retumbaba en los emplomados vidrios de la taberna, el marinero alzaba su voz sin esfuerzo y seguía hablando. Cuanto más fosco hacía, más claros relumbraban sus fieros ojos.) Un velero del viejo tiempo acercábase a unas islas fantásticas. Nunca habíamos visto tales islas. Todos odiábamos al capitán y él nos odiaba a nosotros. A todos nos odiaba por igual; en esto no había favoritismos por su parte. Nunca dirigía la palabra a ninguno, si no era algunas veces por la tarde, al oscurecer; entonces se paraba, alzaba los ojos y hablaba a los hombres que había colgado de la entena. La tripulación era levantisca. Pero el capitán era el único que tenía pistolas. Dormía con una bajo la almohada ...