El pobre viejo Bill es un rotundo relato de piratas lleno de humor negrísimo, misterio y saludable brevedad. Y por cierto, la tercera vez que traemos una creación del gran Dunsany a este (¿repetitivo?) blog. En una antigua guarida de marineros, una taberna del puerto, se apagaba la luz del día. Frecuenté algunas tardes aquel lugar con la esperanza de escuchar de los marineros que allí se inclinaban sobre extraños vinos algo acerca de un rumor que había llegado a mis oídos de cierta flota de galeones de la vieja España que aún se decía que flotaba en los mares del Sur por alguna región no registrada en los mapas.
Mi deseo se vio frustrado una vez más aquella tarde. La conversación era vaga y escasa, y ya estaba de pie para marcharme, cuando un marinero que llevaba en las orejas aros de oro puro levantó su cabeza del vino y, mirando de frente a la pared, contó su cuento en alta voz: Cuando más tarde se levantó una tempestad de agua y retumbaba en los emplomados vidrios de la taberna, el marinero alzaba su voz sin esfuerzo y seguía hablando. Cuanto más fosco hacía, más claros relumbraban sus fieros ojos.) Un velero del viejo tiempo acercábase a unas islas fantásticas. Nunca habíamos visto tales islas. Todos odiábamos al capitán y él nos odiaba a nosotros. A todos nos odiaba por igual; en esto no había favoritismos por su parte. Nunca dirigía la palabra a ninguno, si no era algunas veces por la tarde, al oscurecer; entonces se paraba, alzaba los ojos y hablaba a los hombres que había colgado de la entena. La tripulación era levantisca. Pero el capitán era el único que tenía pistolas. Dormía con una bajo la almohada ...
A veces las imágenes sí hablan por sí solas. El Denver Post realizó este interesante reportaje fotográfico, en el que durante 27 meses siguieron a Ian Fisher de 17 años, desde que se apunto al Programa de Capacitación para futuros soldados hasta su regreso de Irak. ¿Propaganda USA? Tal vez, pero las imágenes son realistas, y para las que las vemos con unos ojos un tanto alejados de la mentalidad americana, pueden transmitirnos mensajes que no habían previsto sus autores. Empezando, por ejemplo, por la sensación en muchas fotos de que lo retratado no son más que unos niños asustados con armas de miles de dólares en las manos. (Sí, has de clickear la imagen).
En 1970 el gran Tony Bennett publicaba un disco de versiones (Tony Sings the Great Hits of Today!), en el que se intentaba adaptar al signo de los tiempos (es decir, al pop). El intento no fue especialmente afortunado, pero incluía esta preciosa versión de lo que ya por entonces era un clásico: "Something" de los Beatles .
Datos históricos aparte, lo cierto es que se trata en mi opinión de una gran versión, llena de elegancia, carisma y charme.
Los medios electrónicos nos facilitan como nunca antes en la historia de la humanidad el acceso a la información, a las opiniones, a las creaciones literarias. Un Kindle o un Reader de Sony pueden almacenar las novelas que cabrían en decenas de librerías. Las hemerotecas virtuales nos permiten el acceso a las ediciones de periódicos y revistas de los últimos veinte, treinta, cuarenta años... Y todo ello al alcance de una tecla o un movimiento de ratón.
Sí, es verdad, pero... Pero por contra, pronto, si no ya, estaremos perdiendo algo romántico, inefable evocador. Me refiero a todo lo que nos proporciona un libro como objeto en sí, sobre todo si ya tiene algunos años encima: ese olor acre pero familiar del papel viejo; la pátina amarilla sobre las páginas desgastadas, a veces incluso quebradizas; las misteriosas anotaciones dejadas por anteriores lectores en los márgenes; los dobleces de las esquinas testigos de otras lecturas; las tipografías antiguas y pequeñas que ponen a prueba la vista; el tacto suave y blando de las ediciones de bolsillo cuando andamos con ellas en la mano; la posibilidad de interrumpir la lectura momentáneamente utilizando el dedo como marcapáginas, mientras sentimos el tacto de las palabras… en fin, todo aquello que nos fascina a los amantes de los libros (que incluye pero no es lo mismo que los amantes de la lectura). Tengo entre mis pequeños tesoros una edición argentina de Jane Austen de 1949, un fanzine de 1995, incluso una entrada para ver en vivo a Prince en 1989… Todo eso lo podría tener escaneado, pulcramente digitalizado para garantizar su inviolabilidad y permanencia en el tiempo. Pero no me valdría, porque perdería la corporeidad, el tacto, el peso, la posibilidad de acariciar el papel rugoso, de sentir o imaginar las historias anteriores de justo ese ejemplar que el destino ha querido que yo tenga ahora entre mis manos.
Mientras actualizaba reproductores musicales caídos de post antiguos, me encontré con este de hace casi dos años. La música me parece tan impresionante, que a la vez que la actualizaba me pareció que valía la pena cambiar la fecha y traerlo de nuevo al frente del blog. Llámenlo refrito, pero creo que vale la pena.
Los hermanos Campbell son un grupode gospel que se diferencian del común de agrupaciones de dicho estilo en la utilización de la steel guitar, una variante de la guitarra eléctrica con forma horizontal y soporte fijo sobre el suelo.
Maestros en la utilización de dicho instrumento, son capaces de apabullar los oidos cuando se deciden a versionear un clásico entre clásicos, llegando a un clímax de réplicas y contrarréplicas guitarreras francamente impactante. Que ustedes lo disfruten tanto como yo...
Sería inexacto decir de Willie West que es un semidesconocido soulman. De hecho, es un completo desconocido. Baste decir que ni siquiera se encuentran referencias de él en la Wikipedia.
Pero tiene en su haber magníficas canciones, alguna de ellas tan hipnótica y epatante como este "I sleep with the Blues", que al que suscribe le parece una auténtica 'joya perdida', a escuchar con los ojos cerrados , sentado en un sillón de cuero viejo y con un vaso de bourbon en la mano.
Parece que algún lector se sintió un tanto "tocado" por la elevada violencia del relato que colgué del gran Rubem Fonseca. Para compensar, les ofrezco hoy un nuevo relato del mismo autor que descubrí ayer y que me parece brillante, repleto de humor y hasta ternura. El relato que a muchos nos gustaría escribir.
Yo trabajaba en un diario popular como repórter de casos policiacos. Hace mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante, que envolviera a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo. Crimen así ni en Roma, París, Nueva York, decía el editor del diario, estamos en un mal momento. Pero dentro de poco cambiará. La cosa es cíclica, cuando menos lo esperamos estalla uno de aquellos escándalos que da materia para un año. Todo está podrido, a punto, es cosa de esperar. Antes de que estallara me corrieron. Solamente hay pequeño comerciante matando socio, pequeño bandido matando a pequeño comerciante, policía matando a pequeño bandido. Cosas pequeñas, le dije a Oswaldo Peçanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer. Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas, dijo Peçanha. Pero fuera de mi área, dije. ¿Ya leíste Mujer?, Peçanha preguntó. Admití que no. Me gusta más leer libros. Peçanha sacó una caja de puros del cajón y me ofreció uno. Encendimos los puros. Al poco tiempo el ambiente era irrespirable. Los puros eran corrientes, estábamos en verano, las ventanas cerradas, y el aparato de aire acondicionado no funcionaba bien. Mujer no es una de esas publicaciones en color para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de la clase C, que come arroz con frijoles y si engorda es cosa suya. Echa una ojeada.
Tras varios interesantes LPs con sus Vandellas, Martha Reeves se estrenaba en solitario en 1974 con un LP de su mismo nombre, que incluía esta rotunda versión de un tema de oro de Van Morrison, Noches Salvajes. Treinta y cinco años después, el tema sigue enganchando.