En la penumbra, apretado contra el pecho el preciado volumen, esperaba. Aquella sala auxiliar era extremadamente pequeña para encerrarse en ella. No importaba. Hayden había reventado en la sala de despresurización. Olmos estaba inutilizado. Y le molestaban poco los golpes desesperados de Lois en la puerta. Pronto moriría, asfixiada. Entonces él saldría, conectaría el mando principal del oxígeno (cuya clave custodiaba), y se quitaría la máscara de respiración. Luego llegaría al planeta Icarus para empezar de cero. ¿Sólo? Seguro que el libro le ayudaba en eso… Acarició de nuevo golosamente su lomo suave. Intuía que era cuero humano. Lo abrió y allí estaba, la primera frase que le revelara todo: “Y yo, Luzbel, os guiaré para gestar un nuevo mundo”.