El pasado sábado disfruté de un privilegio: el de ver y escuchar en directo a la gran, grandísima Misia.
Un cuerpo pequeño, casi diminuto, que esconde una voz privilegiada y un dominio insultante de la entonación. Además, lo mejor es que sobre el escenario huyera de todo divismo, de esas afectadas poses de "ARTISTA" que suelen aquejar a tantas cantantes nacionales cuando se suben a unas tablas.
Por el contrario, un saludable distanciamiento de su propio rol de creadora hizo que la conexión con el público fuera natural y espontánea, sin obligar al auditorio a realizar esa absurda liturgia de [Gran Artista-Haciendo ARTE- a público adoratriz del ARTISTA], esquema que en esta sociedad que se empeña en tratar a los artistas como seres superiores portadores de profundas esencias místicas, parece ser el único posible para los conciertos en directo. Cabría recuperar para ellos el epíteto de artesanos, que en absoluto debiera ser despectivo. En el fondo es normal, porque esa palabra se desligó hace ya décadas del concepto de “cultura” o "arte” en esta sociedad del espectáculo en que vivimos.
Y frente a la declaraciones que me temía podían a salir de su boca, del estilo de “el fado sale de lo profundo del alma portuguesa”, o “quien no ha sufrido no puede entender el fado”, tuve el placer de escuchar expresiones tan cercanas como: “Yo no hago terapia para los nervios, porque me dedico a cantar fado, y así me voy limpiando las tristezas del interior”, o “cuando estoy baja de ánimo pido en el bar de mi barrio (ademán trágico) un alcohol fuerte, lo cual no quedaría muy correcto en un camionero o una ama de casa, pero pega mucho a una fadista, parece que viene con el kit".
Y junto a esa agradecida naturalidad, se escuchó en el teatro Albéniz auténtico sentimiento, y auténtica música. Un prodigio de música, tanto instrumental como vocal.
Y cerró la noche, afortunadamente, con su fado fetiche, Lágrima, cuya versión de estudio les dejo aquí:
Dueña de una poderosa voz, heredera directa de Amália Rodrigues, Mísia recogió la antorcha del fado en un momento (principios de los noventa) en que hacerlo parecía una temeridad o simplemente un anclarse en el pasado. Enfrentada con el stablishment del fado en Portugal, ha desarrollado una extensa carrera musical con proyección internacional. Sin duda una de las más grandes, y en opinión del que suscribe, la que más.