Tenía ya preparada una nueva entrega del gospel nuestro de cada miércoles, cuando un dato me ha hecho trastocar los planes. Gracias a la siempre magnífica Soul y Otros Alimentos del Alma, me enteré de que en el mes de enero Sam Cooke habría cumplido 80 años. Y claro, eso no lo podía pasar por alto. Aunque sólo fuera porque el señor Cooke poseía la voz más aterciopelada y emocionante del siglo XX. Aunque solo fuera porque antes de morir a la temprana edad de 33 años fue capaz de glorificar el gospel, reinventar el pop y anticipar el soul, todo ello él solito. Difícil elegir una canción de su apabullante catálogo para conmemorar el evento. Pero entonces lo ví claro: Debía colgar una canción de su etapa en los Soul Stirrers, es decir, cuando era jovencísimo y aun no había abandonado el seno de la iglesia (musicalmente hablando). Hay que apagar cualquier fuente de ruido, sentarse en la penumbra y escuchar su voz. Si no se te remueve algo adentro, es que no existes, y lo que llamas tu vida real es en verdad algo parecido al espejismo de Matrix.
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