Tras dos décadas gloriosas, la música negra norteamericana empezó a perder pie en los años ochenta. Dejando aun lado la singularidad de un genio como Prince y su monumental obra (muy semejante en su libertad y experimentación a la que hiciera en los setenta Stevie Wonder), el resto de producción musical, con pocas pocas excepciones, se encaminó hacia un mainstream poco imaginativo en el que los productores tomaron la batuta e impusieron un modelo tecnificado de caja de ritmos y sintetizadores realmente poco original, aunque fuera capaz de generar canciones fácilmente digeribles para cualquier paladar. Pero que en realidad tenían muy poco de soul o funk y mucho de pop. Tal vez el ejemplo más exitoso comercialmente hablando fue Bobby Brown (ya, ya, está Michael Jackson, sí, pero esa es otra historia). En los noventa la cosa no mejoró mucho, llegando finalmente a una simplificación y repetición de esquemas descorazonador, donde los artistas no se diferenciaban nada uno de otros y eran perfectamente intercambiables, sumando a ello para peor que integraran en su modelo sonoro los tics más cansinos y repetitivos del hip hop. A la vez quedaban definitivamente en el olvido las baladas soul, en beneficio de pastiches musicales sentimentaloides muy dificiles de digerir.
En la última década, afortunadamente, comenzaron a surgir nuevos artistas que retomaron en sus creaciones tanto la herencia del soul de los 60 y los 70, como el gusto por una instrumentación más clásica, que retira a los sintetizadores y la caja de ritmos dura del primer plano sonoro en sus canciones.
Los críticos musicales, tan aficionados a las etiquetas, los incluyen en el término neo soul, lo cual no deja de ser paradójico, dado que de neo tiene realmente poco, y eso no es necesariamente malo.
Pero antes de comenzar a repasar algunos de los mejores artistas neosouleros, tal vez debamos empezar por la que seguramente puso esta corriente en el centro del éxito comercial: Mrs. Lauryn Hill.
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