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En los gloriosos años del Sonido Philadelphia, la ciudad fue tierra de promisión para músicos de todo el mundo, que acudieron a los estudios Sigma Sound por diversos motivos: en búsqueda de un nuevo empujón que revitalizara sus carreras, buscando experimentar nuevos sonidos (como turistas musicales en realidad), o decididos a sumergirse en el estilo y el espíritu de esa corriente del soul refinada como pocas. Uno de estos últimos fue David Bowie. Ecléctico e inquieto, en 1975 dio un giro a su carrera (uno de los muchos que haría durante los setenta), y se instaló en los estudios de Philadelphia International Records con los músicos de estudio de la casa (más un pequeño grupo de músicos traídos de Nueva York) dispuesto a hacer un disco bajo las coordenadas del Philly Soul (o como él lo llamara, Plastic Soul). El resultado no pudo ser más brillante. Young Americans es un magnífico LP en el que se conjuga la personalidad musical de Bowie y el más puro estilo Filadelfia (esas cuerdas, esas guitarras, uff...), en una mixtura que a priori podría parecer infumable, pero que llevada a la práctica dio lugar a magníficas canciones. El carácter visionario de Bowie le hizo elegir la corriente de black music más posmoderna que nunca existiera para hacer su disco soul. Y si buena parte del sonido Filadelfia ha sobrevivido más de tres décadas sonando tan fresca y fascinante como el primer día, las canciones de Young Americans suenan hoy, en su mayoría, envolventes, cautivadoras y tan elegantes como si hubieran sido creadas ayer. O tal vez más. Junto a la resultona canción que da título al LP (vaya single), hay varias gemas por descubrir, como Win, Fascination o una rotunda It's Gonna Be Me donde Bowie nos demuestra que él también puede cantar como Al Green
(o casi..), dejando para el respetable una canción singular y brillante.
Tras esta brillante experiencia (no exenta de cierta aspiración a clasicismo), Bowie mudaría a Berlín, conde realizaría una nueva mutación y una trilogía musical que también pasó a la historia.
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