Cuando se pinta, la música aporta a menudo un ambiente involuntario al cuadro, una energía invisible que fluye desde el oído a nuestros dedos. En mi escuela de arte, todos llevaban su MP3: imaginaros en medio de una gris sala de clase, mientras todos esos mundos coloreados surgían sobre el papel. Intercambiábamos nuestros universos por llave USB: es así como una amiga me hizo conocer a Patty Griffin. Nos perseguía hasta en su coche. Hacíamos sonar determinadas canciones una y otra vez hasta emborracharnos con ellas. Sé que pintando este croquis en un barco finlandés, a la luz del sol nocturno, estaba escuchando Rowing Song. Y cuando lo miro, la oigo sobre el papel.
Porque todos los artes son gustativos, y nos nutren.
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