Hoy sentí que debíamos hablar de nuevo de la gran, grandísima Patty Griffin.Una de las pocas cantautoras que conozco sin una sóla canción de relleno, que no tiene una sóla composición débil o rutinaria. Con instrumentación sencilla y una maravillosa voz, personal, frágil pero llena de nervio, resulta difícil elegir entre la avalancha de magníficas canciones que ha volcado en sus LPs. Se hace necesario escucharla, disfrutarla a manos llenas y regalarse las pequeñas-grandes alegrías de su música, en este mundo a veces tan tan duro…
Cuando se pinta, la música aporta a menudo un ambiente involuntario al cuadro, una energía invisible que fluye desde el oído a nuestros dedos. En mi escuela de arte, todos llevaban su MP3: imaginaros en medio de una gris sala de clase, mientras todos esos mundos coloreados surgían sobre el papel. Intercambiábamos nuestros universos por llave USB: es así como una amiga me hizo conocer a Patty Griffin. Nos perseguía hasta en su coche. Hacíamos sonar determinadas canciones una y otra vez hasta emborracharnos con ellas. Sé que pintando este croquis en un barco finlandés, a la luz del sol nocturno, estaba escuchando Rowing Song. Y cuando lo miro, la oigo sobre el papel.
Porque todos los artes son gustativos, y nos nutren.