Mis deberes paternos me han obligado en la última década a ver tres o cuatro películas de la saga Harry Potter. Cada vez que ha ocurrido, he intentado disfrutar del capítulo que me había tocado en suerte. No lo he conseguido. Medio mundo y casi toda la blogosfera está epatado con esta franquicia, y no faltan los calificativos de 'obra maestra' para algunas de sus entregas. A mí, aunque con matices, casi todas ellas me han parecido una patata. Una patata con magníficos efectos especiales y buenas interpretaciones, pero patata al fin y al cabo. Sin magia (y no es un juego de palabras), sin tensión dramática, sin crescendo alguno en el desarrollo de sus historias, con finales siempre anticlimáticos... algo que puedes ver o no ver, porque no hay diferencia alguna.
Pero he dicho antes "casi todas ellas". Porque, para mi sorpresa, el último capítulo de la saga (la primera parte de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte) resultó ser una película austera y solvente, centrada más en el drama interior de sus adolescentes protagonistas que en rayitos mágicos o en el pesado de lord Voldemort.
Lo mejor de la película, sin embargo, es un corto de animación alojado en medio del relato, pequeña gran maravilla creada por ordenador pero inspirada en los delicados movimientos de las marionetas, los claroscuros de cierta animación centroeuropea y la brevedad exigible a todo relato incrustado dentro de otro.
Los señores de Google han agarrado una canción del último LP de The Arcade Fire, y aprovechando el inmenso banco de imágenes que atesoran en Google Maps y su Street View, han armado una cosilla divertida.
No he encontrado el film correspondiente a Valencia, mi ciudad natal, pero el ejemplo vale. Y sirve de paso para reivindicar a Arcade Fire, grupo cuyos anteriores LPs no me han entrado, pero que con "The Suburbs" me han dejado alucinado.
Hay canciones horripilantes que, ubicadas en el lugar y el momento adecuado, pueden alcanzar un status de idoneidad nunca antes imaginado. Para muestra, una muestra:
El pobre viejo Bill es un rotundo relato de piratas lleno de humor negrísimo, misterio y saludable brevedad. Y por cierto, la tercera vez que traemos una creación del gran Dunsany a este (¿repetitivo?) blog. En una antigua guarida de marineros, una taberna del puerto, se apagaba la luz del día. Frecuenté algunas tardes aquel lugar con la esperanza de escuchar de los marineros que allí se inclinaban sobre extraños vinos algo acerca de un rumor que había llegado a mis oídos de cierta flota de galeones de la vieja España que aún se decía que flotaba en los mares del Sur por alguna región no registrada en los mapas.
Mi deseo se vio frustrado una vez más aquella tarde. La conversación era vaga y escasa, y ya estaba de pie para marcharme, cuando un marinero que llevaba en las orejas aros de oro puro levantó su cabeza del vino y, mirando de frente a la pared, contó su cuento en alta voz: Cuando más tarde se levantó una tempestad de agua y retumbaba en los emplomados vidrios de la taberna, el marinero alzaba su voz sin esfuerzo y seguía hablando. Cuanto más fosco hacía, más claros relumbraban sus fieros ojos.) Un velero del viejo tiempo acercábase a unas islas fantásticas. Nunca habíamos visto tales islas. Todos odiábamos al capitán y él nos odiaba a nosotros. A todos nos odiaba por igual; en esto no había favoritismos por su parte. Nunca dirigía la palabra a ninguno, si no era algunas veces por la tarde, al oscurecer; entonces se paraba, alzaba los ojos y hablaba a los hombres que había colgado de la entena. La tripulación era levantisca. Pero el capitán era el único que tenía pistolas. Dormía con una bajo la almohada ...