"Creo que sólo pueden ser de izquierdas aquellos que conservan la fe en el ser humano, en su bondad y en su solidaridad.
Cuando esa fe se ha perdido (o nunca se ha tenido), sólo resta intentar fijar unas reglas de juego semejantes para todos, de forma que (en la medida de lo posible) los abusos tengan su castigo y todos tengan parecidas oportunidades de inicio para buscar su provecho, o, incluso, para ser morales. Algunos lo llaman a eso la ley de la selva. Yo lo llamo ser un liberal."
Leía ayer, en la sala de espera de un bufete de abogados, esa visión del mundo políticamente correcta llamada “El País Semanal”, revista donde todo el mundo hace declaraciones solidarias, estilosas, y con la dosis de rebeldía adecuada para sentirnos inteligentes y llenos de buenas intenciones. En fin, a lo que iba. Entrevistaban a un escritor inglés que exponía su opinión, que no era otra que ésta: es el capitalismo y no la bondad humana lo que puede hacer que revirtamos el cambio climático en el que ya estamos metidos.
No puedo sino de coincidir al 100% con esa visión. El ser humano es como es, ni bueno ni malo, sino interesado. El ansia por el dinero nos ha metido en el agujero económico en el que hoy vive medio mundo. Pero, si las energías verdes son negocio, esa misma ansia de rentabilidad será la que consiga que dejemos de extraer millones de toneladas de un aceite viscoso y negro de las entrañas de la tierra para quemarlo alegremente y soltarlo a nuestra frágil atmósfera. Eso, y no el amor por el cielo azul es lo que conseguirá salvarnos, aunque este último pueda generar bonitas poesías.
¿Cinismo? Lo dudo. Más bien realismo. La inversión necesaria para reconvertir todos los procesos productivos, extractivos y motores que actualmente utilizan combustibles fósiles hacia las fuentes de energía renovables o acaso menos agresivas con el medio ambiente, no va a salir de la inversión pública, ni de la planificación de ningún ministerio de economía. Ni de Greenpeace, ni de aportes solidarios. Nos guste o no, va a salir de los banqueros, de esos mismos que han hinchado la burbuja inmobiliaria. Y se forrarán (otra vez) con ello. Mejor aceptarlo, para luego no sentirse estafado.
Pero la clave para que ocurra esto y no acabemos con una temperatura mundial promedio dos grados más alta (lo que permitiría hacer champán en Inglaterra, pero también cultivar dátiles en Asturias), es, como parece obvio, saber canalizar la voracidad capitalista hacia los objetivos adecuados. Los reguladores son por tanto la llave. Martin Fieldstman lo reflejó en la parábola del hombre en el campamento: una persona está aislada en un campamento inhóspito en la Antártida, a más de cien kilómetros de cualquier punto civilizado, con dos kilos de maíz y una jauría de cuatro perros semisalvajes como única compañía. Si consigue atarlos a un trineo y controlarlos a latigazos, tal vez pueda salvar la distancia y encontrar ayuda, habrán sido su salvación. Si por el contrario no los sabe controlar, éstos se abalanzarán sobre la última reserva de comida del campamento, para luego irse en búsqueda de otras presas. Los mismos perros habrán sido su perdición.
Aunque claro, si tenemos reguladores como los que tenemos, creo que será mejor irnos acostumbrando a la carne de perro.
No hay duda de que existen causas nobles por las que vale la pena batirse el cobre, y que una de esas grandes causas bien podría ser la defensa de la propiedad intelectual, el pan de los “probes artristras”, y todas esas cosas. Y no debería de ser yo quien alzara la voz contra la propiedad intelectual, pero me permito hacerlo porque ya he perdido definitivamente la esperanza de vivir de ella.
En sentido estricto esto no es un alegato contra la propiedad intelectual (refiriéndome sólo a los productos culturales), a la que respetaré en cuanto la pobreza me lo permita, sino contra su aparente constitución como principio sagrado de una sociedad madura, desarrollada. Veamos por qué:
En virtud de la defensa de los derechos de propiedad intelectual, se ha legislado para convertir al estado en mamporrero de una sociedad de gestión privada, al tiempo que se hace añicos la presunción de inocencia (canon digital), el habeas corpus, el sentido común y todas esas milongas por las que alguna vez algunos pensaron que valía la pena derramar su sangre o la de otros (preferiblemente). En virtud de esos derechos de unos pocos, de pronto un órgano administrativo ha asumido competencias judiciales para obligar a los proveedores de Internet a cerrar o bloquear el acceso a esas perniciosas webs, entre las que se cuenta, tal vez, el blog que alberga este texto.
¡Eso es protección y lo demás son cuentos!. Si señor. Con un par.
Sin embargo hoy, en nuestro país, un niño de ocho años puede acceder libremente a una web pornográfica en la que cinco mastuerzos penetran a un cacho de carne que una vez fue una persona, o a recibir en su correo electrónico una snuff movie que reproduce el meticuloso trabajo de unos narcos mejicanos separando la cabeza del tronco de su víctima, o puede pasar a formar parte de un chatroulette para disfrute de pederastas varios.Y digo yo: ¿Se pueden bloquear las webs piratas y no se puede hacer lo mismo con aquellas que no establezcan los filtros adecuados para garantizar la mayoría de edad de sus usuarios?. ¿Por qué se preserva como derecho sacrosanto la propiedad de un artista pero se deja expuesta la integridad del menor?. ¿Por qué cualquier creación audiovisual (o textual, como es este caso) merece más protección que la psique en formación de un menor?. ¿Qué tipo de sociedad puede considerarse madura si no arbitra los medios para el adecuado crecimiento de sus futuras generaciones?
Los medios existen. Siempre han existido. Pero hacer lo correcto es difícil. Sobre todo si no recibes votos por ello (o tu parte del botín).
Y aunque triste sea decirlo, hoy en día en este país tomar una medida política con un carácter estrictamente moral (e impedir que menores accedan a pornografía lo es) parece cosa de otro siglo… o de otro mundo.
A veces la verdad es más compleja de lo que parece a simple vista. A veces hay que echar un segundo vistazo sobre los hechos para llegar a las conclusiones correctas. No todo era maravilloso en la fuerza. Ni todo era oscuro en el Imperio Galáctico. Y sí, hay que haber visto y disfrutado las seis películas de Star Wars para entender este post. Que por supuesto no es mío, el original está aquí:
Los motivos son varios, y esenciales – creo que es necesario repasarlos y analizarlos en detalle, para demostrar que esa escoria rebelde no son más que chusma incapaz de entender la gloria del Imperio. Empecemos, pues, por el principio: ¿por qué la antigua república no valía un pimiento?
1-Es una democracia tutelada: la República tiene un Senado lleno de tipos raros en sus pequeños platillos flotantes, pero Palpantine era muy consciente quién ostentaba el poder. No es el Senado, incapaz de llegar a acuerdos, dubitativo, rencoroso. No son las grandes corporaciones comerciales, grupos con ejércitos de cartón que no pueden imponer su voluntad ni siquiera a una pequeña monarquía bananera que oprime a su minoría anfibia. El poder real en la república, los que realmente controlan el cotarro, son los Jedi.
2-Los caballeros Jedi son malvados: los Jedi son una casta cerrada de racista preocupados por la pureza de sangre y su cuenta de midiclorianos que trabajan de forma incansable contra la libre empresa y las libertades planetarias. No sólo destruyen intereses comerciales legítimos de unos comerciantes intentado abrir nuevos mercados en un país opresivo y retrógado, sino que además se niegan a aceptar los deseos de los representantes del pueblo – cuando un planeta intenta irse, reaccionan con violencia.
3-Los caballeros Jedi son incompetentes: ¿qué clase de organización tiene un tipo poniendo un ejercito de clones en su tarjeta de crédito sin que nadie en contabilidad diga nada? ¿Qué grupo de patanes tiene unas pruebas de selección basadas en los caprichos de sus empleados de base? ¿Qué élite opresiva deja que sus soldados reciban órdenes secretas sin ser capaces de leer la mente ni siquiera a un patético clon?
4-La República es incapaz de gobernarse a si misma: ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene que contratar a una pila de monjes con espadas y a un ejército de clones de segunda mano incapaces de dar a un blanco a tres metros para su defensa? ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene que contratar a monjes como diplomáticos? ¿Qué clase de gobierno galáctico tiene a Jar-Jar Binks como legislador?
5-La distribución competencial de la República es desordenada y caótica: la unidad de mercado es inexistente. Los planetas van por ahí, en guerras comerciales con aranceles. Nadie pone un duro por la defensa común. Nadie sabe qué puede hacer. Lo único seguro es que si los Jedis te tienen manía, los clones vienen y te pegan una paliza – nunca nadie da una buena razón para justificar la opresión y furia de las guerras clon.
El segundo paso, y más importante, es por qué el Imperio Galáctico es superior a la República:
1-Las reglas claras: un planeta puede hacer lo que quiera, siempre que no vulnere dos reglas básicas. Primero, cuando el imperio reclama sus impuestos, los pagas. Segundo, no apoyarás la rebelión.
2- Autonomía planetaria: si un planeta no vulnera las reglas, puede hacer lo que quiera. Nadie se mete con el autogobierno de Tatooine. Alderaan era una pacífica monarquía constitucional hasta que su estúpida familia real se dedicará a las aventuras espaciales. Si no molestas, el imperio te va a proteger de piratas, rebeldes y malhechores, y te dejarán en paz.
3- Autoridad real: el gobierno usa su base de impositiva y sistema fiscal para exigir que se cumplan las reglas. Si alguien se rebota, te pegan una paliza. Punto.
4- Gobierno eficiente: el Imperio gasta el dinero de forma eficiente – oprime gastando lo mínimo. La Estrella de la Muerte era una obra maestra de la austeridad fiscal – el terror es más barato que 200 cruceros estelares.
5- El autoritarismo ilustrado es la única salida aceptable: la distribución de la renta en el Imperio hace imposible un gobierno democrático centralizado. Un sistema senatorial que da el mismo poder a todos los planetas es una llamada a la parálisis, como vimos en tiempos de la República. Una democracia mayoritaria pura es inaceptable para los países más ricos del núcleo galáctico, ya que temerán ser expropiados por la mayoría pobre. El sistema ideal es, por tanto, una confederación autoritaria que garantice el orden, pero permita autonomía a sus miembros.
6- Tienen mejores uniformes y mejor música opresiva asociada: siempre es importante – la Marcha Imperial mola mazo.
Por descontado, el Imperio tenía sus problemas (tener como líder un tipo que cree que su magia de tercera le da poder es un poco triste, al fin y al cabo). Aún peor era el hecho que su lugarteniente era un tipo traumatizado por ser huérfano que utilizó a su amante como variante edípica de su madre. Es una lástima que el liderazgo ilustrado de la burocracia imperial no prevaleciera, realmente. El fracaso del gobierno post-Imperial de la Nueva República es una muestra clara y evidente que los sueños y la borrachera idealista de los rebeldes era un intento de imperialismo cultural de las élites culturales del noreste de la galaxia. Sólo merecen nuestro desprecio.