La suma de los quince minutos de gloria de todos los personajes que en este mundo de consumo rápido fueron seres inmortales, (ahora ya olvidados) parece haber dejado repleta la cuenta de las horas eternas. Es tal vez la resistencia a aceptar nuestra insignificancia, el ansia de hacer de todo momento un “momento cumbre” lo que nos lleva a suponer a cada instante que asistimos al partido del siglo, que hemos visto al mejor actor de todos los tiempos, que hemos participado de un acontecimiento del que quedará memoria a lo largo de los siglos, etc . Es, en definitiva, el miedo a pasar sin pena ni gloria, a no dejar tras de nosotros más que remolinos de aire que se desvanecen rápidamente sin dejar recuerdo alguno. Tal vez por ese mismo motivo hacemos grande la vanidad de este mundo cuando nos toca en suerte llevar su carga sobre nuestros hombros. Pero cuántos son los futbolistas que se encuentran de pronto con que nadie hace mención de ellos tras haberlo sido todo; cuántos los artistas que se arrastran por las verbenas de los pueblos después de un éxito inicial; cuántos los directivos venidos a menos, los políticos arrinconados, los personajes mediáticos olvidados en el arroyo cuando ya han sido amortizados. Deberíamos beber de las fuentes de la sabiduría, aprender prudencia, que es proverbio antiguo y tener presente en el auge del éxito que éste es sólo una circunstancia no sólo transitoria sino, además, muy volátil. Aunque la anécdota es conocida, siempre vale la pena recordarla: durante las celebraciones del triunfo, en la antigua Roma, el general entraba en la ciudad, aclamado por la multitud, en cuádriga en la que únicamente cabían él y un esclavo cuya misión visible era sostener la corona de laurel, pero cuyo verdadero cometido era susurrar, constantemente, a oídos del triunfador: “recuerda que eres hombre”. Es una inteligencia lógica pero sagaz, similar a la de aquel monasterio de Bhután en el que, a lo largo de la ceremonia de nombramiento del nuevo lama, se otorga un papel preponderante a un viejo monje mendicante que, mientras desfilan ante él los monjes, no se separar del nuevo maestro repitiéndole un mantra: "Todo esto es vanidad y se desvanecerá ante tus ojos como la bruma de la mañana".
P.D.: Algunos sólo pueden aceptarlo bajo estos ejemplos pero otros, simplemente, miramos sin complejos nuestra historia, cultura y religión y apreciamos la sabiduría oculta tras el "sic transit gloria mundi", presente en la ceremonia de coronación de cada nuevo Papa.
Si el arte ya no lo es en función de la habilidad demostrada en su ejecución sino que su valor intrínseco radica, como sostienen algunos, en la capacidad individual de un indivíduo de transmitir, mediante la elaboración plástica, conceptos abstractos que induzcan a la reflexión del espectador entonces no hay salvación posible y se confirma la tesis de esta serie de micro artículos. La razón es bien simple (si Vd. se considera artista de vanguardia le ruego que no siga leyendo): el valor del arte, entonces, no es intrínseco sino extrínseco, es decir depende de la capacidad individual de interpretación y ésta, a su vez, de convencionalismos tan maleables como el mercado. Aceptar esto, sin embargo, significa acabar con el principal (el único) valor del arte contemporáneo: su precio. Para esquivar esta realidad a la que conduce cualquier reflexión sobre el tema el artista contemporáneo actual viene obligado a forzar esa supuesta reflexión, para reafirmar unos valores cada vez más devaluados y la única forma que tiene de hacerlo es mediante la provocación, porque sólo lo realmente extraño es capaz de suscitar porqués. ¿Pero qué es la provocación? Usando la misma terminología, la provocación es un valor en retroceso que incrementa su exigencia con cada nuevo uso. La provocación es, en último término, la puesta en cuestión del marco de seguridad necesario para la estabilidad personal y, por ende, social. Provocación fue, en su día, la blasfemia, el anticlericalismo, la mal llamada revolución sexual, la cultura underground, y otras muchas cosas que todos tenemos en mente. En la actualidad sólo a los imbéciles se les ocurre pretender ser revolucionarios con esas cosas. Y sin embargo en el imperio actual de la corrección política aquellos argumentos, convertidos en clichés inútiles de tan manidos como están, siguen siendo materia prima de infinidad de presuntos productos artísticos (no unicamente de las artes plásticas). No hace falta, pues, ser demasiado aventurado para predecir el advenimiento de una nueva fase: aquella en la que los nuevos tabúes sean el objeto de provocación. Y no me preocuparía en exceso (de hecho agradecería que alguien sacudiera los cimientos del papanatismo reinante) si no fuera porque el camino fácil, que es el que siempre se acaba tomando, no pasa por la tala de ese bosque que es lo políticamente correcto, lo que supondría un enfrentamiento con el poder establecido para el que se necesita una valentía rayana en la locura, sino por hacer leña del árbol caído, esto es: la defensa de lo sensatamente indefendible. Así, no falta mucho, y ya está sucediendo, para que alguien descubra que llama la atención con una nueva estética nazi, una reinvención o reivindicación del lado más tenebroso de nuestra historia reciente, pero si la batalla se sigue librando en el campo conceptual la vencedora más probable será una ideología capaz de bañar de sangre nuestros pies, de nuevo. Y en este punto me niego hasta a seguir empleando la ironía.
Relativamente pocas personas han oído hablar de John Myatt y John Drewe, pero tuvieron su momento de infame fama a mediados de los 90 (por una de aquellas serendipias, durante la gestación de la segunda parte de "El Restaurador y la Madoninna della Creazione") cuando casi por azar se descubrió su singular modus vivendi.
Ambos formaban una sociedad de falsificación cuyos éxitos dejaron en evidencia a marchantes, coleccionistas, conservadores y "expertos" en general. Myatt, un pintor con un gran sentido del humor (y, como todo buen conocedor, muy escéptico al respecto del mundo del arte) valiéndose de su especial habilidad para la imitación estilística pintaba cuadros con el estilo de los pintores señalados por Drewe, el cual, y esta es la parte más fascinante de su estrategia, falsificaba no sólo la documentación para justificar la procedencia de las obras, sino los catálogos de, entre otros, el Victoria and Albert Museum y la Tate Gallery para justificar la presencia de dichos cuadros en exposiciones acaecidas años atrás, es decir, la documentación que autentificaba la otra documentación.
A pesar de lo interesante del planteamiento, que evidencia que para ser experto en arte no se necesita criterio alguno, lo rudimentario de sus métodos acabó por pasarles factura justo cuando Myatt había comenzado a cansarse.
Éste se ha negado siempre a desvelar cuántos cuadros habían conseguido sacar al mercado y a ninguno de sus compradores les interesa desvelar su antigua relación pues perderían, además de lo pagado, las plusvalías de una futura venta. Serán, pues, cómplices, tan culpables, ahora que lo saben, como los autores materiales, pero nadie irá nunca a por ellos pues el mercado de arte entraría en recesión inmediatamente. De modo que la próxima vez que se extasíe ante una obra de arte contemporáneo recuerde que podría encontrarse frente un genuino John Myatt el cual, por cierto, vive en la actualidad (y bastante bien, por cierto) de la venta de sus falsificaciones, éstas con su correspondiente certificado: "este Magritte es una obra auténtica de John Myatt".