Una de las cosas más bonitas que creo yo que ha ocurrido a todos los aficionados a la lectura, es el tropezarse con un libro del que no tenemos referencia alguna, en una circunstancia en la que no estamos buscando nuevas lecturas (incluso en la que no estamos buscando nada) para luego descubrir en el volumen en cuestión un mundo insospechado y atrayente, el creado claro por su autor. Las ocasiones que propician estos encuentros casuales yo creo que también son comunes a todos los lectores, o por lo menos muy semejantes: un libro dejado por su anterior dueño en una casa o apartamento alquilado por nosotros; un estante semisecreto que en nuestra propia casa esconde unos volúmenes que uno no ha comprado (o no recuerda haberlo hecho). El viejo libro de tapa blanda con el que inopinadamente tropieza nuestra mirada en una librería de saldos, y que nos atrae por su título y su breve reseña de la contraportada. La colección de clásicos comprada décadas atrás por nuestros padres y que pacientemente ha esperado entre el polvo acumulado de décadas. Etc…
Y por desgracia (hasta cierto punto) ahora internet nos ha privado de lo que antes era un placer añadido tras ese descubrimiento inicial. Me refiero a la búsqueda paciente de referencias del autor, de sus otras obras, etc. Búsqueda que se extendía por semidesiertas y umbrías bibliotecas públicas, cafés con amigos y conocidos, conversaciones con libreros de rancia estirpe… Todo eso ya pasó, ahora un tecleo y un “enter” y la información (esa droga moderna) te llega en 0,05673 segundos según Google. ¿Práctico? Sí ¿Romántico? No son tiempos…
El último “tropezón” que recuerdo es el que me llevó a descubrir a un autor leonés, Jose María Merino, y uno de sus libros de relatos cortos de corte sobrenatural, “Cuentos del Reino Secreto”. Entré en él tan sólo por lo sugerente del título, que necesariamente tenía que atraer a un impenitente aficionado a la ciencia ficción y el género fantástico como yo.
Pero cuál fue mi sorpresa al encontrar una soberana colección de cuentos magníficamente escritos, elegantes, sugerentes, oscuros en ocasiones, todos cortados por el patrón común de lo sobrenatural forzando por momentos las débiles costuras racionales de nuestra realidad cotidiana. Sólo tengo la versión en papel, así que no puedo colgar ningún cuento del mismo. Lo haré sin embargo con un relato de otro volumen de relatos (Cuentos de los días raros) no tan redondo en mi opinión, pero igualmente necesario de leer. Un cuento además de corte clásico me parece a mí, que trenza con elegancia los recuerdos de la niñez con el efecto de aquellos primeros cuentos infantiles. Una preciosidad.
La hija del Diablo
Hay mucho brillo de fauces y humedad de salivas sanguinolentas en una zona lejana de mi memoria. La zona es tan borrosa que apenas la identifico como mía: yo mismo no soy allí una conciencia sino un personaje más, un niño crédulo capaz de aceptar con agradecida fascinación cualquier historia que le contasen. En el primer cuento que yo recuerdo haber oído, el lobo devoraba a la abuela de Caperucita y, tras una situación de terror progresivo la primera e insuperable escena de suspense de toda mi vida, a la propia Caperucita. En aquel tiempo debieron de contarme muchos cuentos en cuya trama central alguien era devorado, porque son los que más rebullen en esos pasadizos de mi alma. El lobo devoraba también a las siete cabritillas, tras entrar en su casa con la artimaña de enharinarse una de sus patas, para hacerla parecer la de la cabra madre. A las dos voraces bestias, el lobo de Caperucita y el de las siete cabritillas, la digestión les daba un sopor que no podían resistir, y su sueño era aprovechado por los cazadores, o por la cabra madre, para abrir su barriga, sacar de allí a sus víctimas, rellenarla de piedras y volver a cosérsela. Ese lastre arrastraría al lobo al río o a lo hondo de un pozo, cuando quisiese beber, empujado por una sed acuciosa. Pero también estaban presos de un ansia devoradora la bruja de Hansel y Gretel ¿quién se come mi casita? o el ogro de Pulgarcito, descuidado degollador de sus propias hijas. Eran historias feroces, cargadas de una glotonería caníbal que hacía aún más perversas las circunstancias que rodeaban el peligro mortal de los inocentes protagonistas...
Éste es un relato reproducido con permiso de su autor, Dalmau Pérez, un ex-ejecutivo reconvertido a militante anarco-sindicalista, que entre conspiracion y conspiración encuentra tiempo para desarrollar una tardía, improbable y modesta vocación cuentista.
Sinelius Meltah era un sibarita en el sentido más elevado de la palabra. A sus cincuenta y tres años, su trayectoria vital se había caracterizado por la búsqueda constante y concienzuda de los placeres epicúreos y espirituales más refinados. Esta búsqueda se había visto coronada casi siempre por un éxito que ya se había convertido casi en un hábito. Porque la naturaleza, por una vez, había permitido la coherencia entre los dones y las aspiraciones otorgados, y junto a su necesidad constante de goces terrenales Sinelius había recibido una inteligencia natural y una constancia tenaz que habían actuado como una sinérgica dupla. Cuanto más se esforzaba (gracias a la segunda) en utilizar la primera, ésta se volvía más y más aguda.
Así, tras más cuarenta años desde que él mismo comenzara a considerarse adulto, Sinelius Meltah podía casi decir que no había placer que no hubiera catado, desde la degustación de las más insospechadas ambrosías sudanesas hasta la observación de los alfabetos espectriformes de Nueva Zelanda, pasando por la energización simultánea de chacras o por la lectura táctil de las estatuas mayas del templo de Chimaz Atzeic.
Su alma era un aventurero en busca de playas desiertas, no había posibilidad de disfrute terrenal o intelectual al que hubiera dicho que no. Tras seis años iniciales de absorción desordenada de información y de sensaciones, poco a poco había aprendido a juzgar a priori las posibilidades de cada opción que se abría ante los ojos, de forma que había desarrollado un carácter selectivo sin parangón sobre la tierra, que le permitía seleccionar de entre las infinitas posibilidades del universo,casi siempre sin equivocarse.
Sus relaciones personales no eran distintas, siempre sujetas a lo eventual y efímero de los placeres… hasta que conoció a Rada Magath. Supo al instante que estaban predestinados a compartir su eterno y gozoso peregrinar. No había criatura sobre la tierra que se pudiera equiparar a Sinelius, excepto Rada, y eso lo supo a la segunda frase que intercambiara con ella. Dotada de casi todas las gracias que la naturaleza pueda regalar a una fémina, su mente no rayaba a menor altura, de vivaz intelecto y mordaz lengua, se identificó de inmediato con la eterna búsqueda de Sinelius. Así, se habían convertido desde hacía catorce años en una pareja estable, si es que una denominación tan común era aplicable a ellos.
Pero ahora, el día en que cumplía cincuenta y cuatro años, Sinelius sabía que había arribado a la última posada. No estaba dispuesto a envejecer, no aceptaba por principio la degeneración física propia de la edad. Así que estaba dispuesto a paladear el que para él constituía último de los placeres: la decisión sobre la propia vida. No hace falta señalar que Sinelius era agnóstico practicante, y que más allá del plano intelectual, no admitía la existencia de ninguna dimensión espiritual donde tuviera cabida esa invención de las religiones denominada “alma”.
Así que allí estaba, sentado en su mansión de estilo dieciochesco, en el pabellón de otoño, paladeando un oporto de sesenta años de antigüedad, mientras esperaba a Rada. Por una vez en su extensa trayectoria vital, no estaba seguro de la respuesta que su pareja le daría (a pesar que desde hacía lustros la comunicación no verbal entre ellos y la coincidencia de pensamientos era casi total). Porque lo que le iba a plantear era compartir su destino final. Proponer, y no otra cosa. Dejaba para los folletines románticos las patéticas escenas del suicida que pretende arrastrar en su delirio final a sus seres queridos. Ni lo suyo era delirio, ni su alma se había vuelto tan egoísta para no respetar la voluntad ajena.
Entró finalmente Rada, con la elegancia de porte tan habitual en ella. Le dio un beso en la mejilla y se sirvió con confianza un vaso del añejo oporto, comenzando a paladearlo con calma, sin ansia alguna, mientras perdía la mirada en las nubes de otoño, a través de los cristales del elegante invernadero.
- Rada, quiero plantearte algo que tal vez ya hayas sospechado. Por supuesto que entendería si no compartes la propuesta, vaya eso por delante, pero…
-Calla Sinelius -interrumpió brusca pero armoniosamente Rada-, no hace falta que sigas. Sé (te conozco muy bien) que no soportas tu incipiente decadencia física. Sé también que aspiras a que comparta tu planificada suerte, ahora que ya se insinúa el inevitable fin de mi lozanía -proseguía mientras se acariciaba la todavía suave piel de su cuello-. Pero debo decirte algo: no he podido evitar como tú el lado oscuro del placer. Y ahora son otros los goces que me atraen.
Decía esto mientras despacio, casi con estudiada parsimonia, extraía un alargado y extraordinariamente afilado cuchillo de su escote.
Como casi todos vimos la película, ya sabemos que Truman Capote fue un genio refinado, gay y un tanto pretencioso. Así que no voy a escribir nada sobre el sujeto, que para eso está la wikipedia o esta página. Lo que sí haré es recordar un relato suyo que siempre me pareció magistral. FÉRETROS TALLADOS A MANO Narración verídica de un crimen americano
El pobre viejo Bill es un rotundo relato de piratas lleno de humor negrísimo, misterio y saludable brevedad. Y por cierto, la tercera vez que traemos una creación del gran Dunsany a este (¿repetitivo?) blog. En una antigua guarida de marineros, una taberna del puerto, se apagaba la luz del día. Frecuenté algunas tardes aquel lugar con la esperanza de escuchar de los marineros que allí se inclinaban sobre extraños vinos algo acerca de un rumor que había llegado a mis oídos de cierta flota de galeones de la vieja España que aún se decía que flotaba en los mares del Sur por alguna región no registrada en los mapas.
Mi deseo se vio frustrado una vez más aquella tarde. La conversación era vaga y escasa, y ya estaba de pie para marcharme, cuando un marinero que llevaba en las orejas aros de oro puro levantó su cabeza del vino y, mirando de frente a la pared, contó su cuento en alta voz: Cuando más tarde se levantó una tempestad de agua y retumbaba en los emplomados vidrios de la taberna, el marinero alzaba su voz sin esfuerzo y seguía hablando. Cuanto más fosco hacía, más claros relumbraban sus fieros ojos.) Un velero del viejo tiempo acercábase a unas islas fantásticas. Nunca habíamos visto tales islas. Todos odiábamos al capitán y él nos odiaba a nosotros. A todos nos odiaba por igual; en esto no había favoritismos por su parte. Nunca dirigía la palabra a ninguno, si no era algunas veces por la tarde, al oscurecer; entonces se paraba, alzaba los ojos y hablaba a los hombres que había colgado de la entena. La tripulación era levantisca. Pero el capitán era el único que tenía pistolas. Dormía con una bajo la almohada ...
Parece que algún lector se sintió un tanto "tocado" por la elevada violencia del relato que colgué del gran Rubem Fonseca. Para compensar, les ofrezco hoy un nuevo relato del mismo autor que descubrí ayer y que me parece brillante, repleto de humor y hasta ternura. El relato que a muchos nos gustaría escribir.
Yo trabajaba en un diario popular como repórter de casos policiacos. Hace mucho tiempo que no ocurría en la ciudad un crimen interesante, que envolviera a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, corrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo. Crimen así ni en Roma, París, Nueva York, decía el editor del diario, estamos en un mal momento. Pero dentro de poco cambiará. La cosa es cíclica, cuando menos lo esperamos estalla uno de aquellos escándalos que da materia para un año. Todo está podrido, a punto, es cosa de esperar. Antes de que estallara me corrieron. Solamente hay pequeño comerciante matando socio, pequeño bandido matando a pequeño comerciante, policía matando a pequeño bandido. Cosas pequeñas, le dije a Oswaldo Peçanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer. Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas, dijo Peçanha. Pero fuera de mi área, dije. ¿Ya leíste Mujer?, Peçanha preguntó. Admití que no. Me gusta más leer libros. Peçanha sacó una caja de puros del cajón y me ofreció uno. Encendimos los puros. Al poco tiempo el ambiente era irrespirable. Los puros eran corrientes, estábamos en verano, las ventanas cerradas, y el aparato de aire acondicionado no funcionaba bien. Mujer no es una de esas publicaciones en color para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de la clase C, que come arroz con frijoles y si engorda es cosa suya. Echa una ojeada.
Rubem Fonseca es un magnífico escritor brasileño, de los que no daré referencias porque se pueden encontrar fácilment en la red. El cobrador es uno de sus más conocidos relatos, una historia tallada a navaja, dura, que en mi primera lectura me dejó un recuerdo imborrable.
En la puerta de la calle, una dentadura enorme; debajo, escrito, Dr. Carvalho, Dentista. En la sala de espera vacía, un cartel, Espere, por favor, el doctor está atendiendo a un cliente.
Esperé media hora, con la muela rabiando. La puerta se abrió y apareció una mujer acompañada de un tipo grandón, de unos cuarenta años, con bata blanca.
Entré en el consultorio, me senté en el sillón, el dentista me sujetó al pescuezo una servilleta de papel. Abrí la boca y dije que la muela de atrás me dolía mucho. Él miró con un espejito y preguntó por qué había descuidado la boca de aquella manera.
Como para partirse de risa. Tienen gracia estos tipos.
Voy a tener que arrancársela, dijo, le quedan ya pocos dientes, y si no hacemos un tratamiento rápido los va a perder todos, hasta estos – y dio un golpecito sonoro en los de delante.
Una inyección de anestesia en la encía. Me mostró la muela en la punta del botador: la raíz está podrida, ¿ve?, dijo como al desgaire. Son cuatrocientos cruceiros.
De risa. Ni hablar, dije.
¿Ni hablar, qué?
Que no tengo los cuatrocientos cruceiros. Me encaminé hacia la puerta.
Me cerró el paso con el cuerpo. Será mejor que pague, dijo.
Hace un par de semanas, Abe Moscowitz se murió de un infarto y vino a reencarnar en una langosta. Lo atraparon en la costa de Maine y lo enviaron a Manhattan, donde fue a parar a un tanque de un lujoso restaurante especializado en mariscos. En el tanque había otras langostas, una de las cuales lo reconoció: «¿Abe, eres tú?», preguntó la criatura levantando las antenas. «¿Quién es? ¿Quién me habla?», dijo Moscowitz, todavía confundido por el místico desbarajuste post-mórtem que lo había transmutado en un crustáceo. «Soy yo, Moe Silverman», dijo la otra langosta. «¡A-la-bao!», chilló Moscowitz al reconocer la voz de un antiguo compañero de gin rummy, un juego de cartas. «Hemos renacido», explicó Moe. «Como un par de langostas de dos libras». «¿Como langostas? ¿Así es como termino luego de haber vivido una vida justa? ¿En un tanque en Third Avenue?». «El Señor trabaja de maneras misteriosas», explicó Moe Silverman. «Mira a Phil Pinchuck. El tipo se fue del aire por culpa de un aneurisma, y ahora es un hámster. Se pasa el día corriendo en la estúpida rueda. Durante años fue profesor en Yale. Lo que digo es que a estas alturas le gusta la rueda. Pedalea y pedalea, corriendo hacia ninguna parte, pero con una sonrisa». A Moscowitz no le gustaba su nueva condición en lo absoluto. ¿Por qué un ciudadano decente como él, un dentista, un hombre a todo que merecía volver a la vida como un águila en pleno vuelo o acurrucado en el regazo —y recibiendo caricias en su pelaje— de una mujer sexy de la alta sociedad habría de regresar ignominiosamente como el plato fuerte en un menú? Era su cruel destino ser delicioso, convertirse en el “Especial del día”, acompañado de una patata asada y un postre. Esto llevó a un debate entre las dos langostas sobre los misterios de la existencia, de la religión, de cuán caprichoso era el universo cuando alguien como Sol Drazin, un pastuzo que ambos conocían del negocio de comida por encargo, había regresado luego de un infarto fatal como un semental que preñaba a unas adorables potrancas de pura raza y recibía por ello altos dividendos. Sintiendo lástima por sí mismo y furioso, Moscowitz nadó de un lado a otro, incapaz de adoptar la resignación budista de Silverman ante la posibilidad de ser servidos a la termidor. En ese momento, entró en el restaurante y se sentó en una mesa cercana nada más y nada menos que Bernie Madoff. Si Moscowitz se había sentido amargado e irritado con antelación, ahora jadeaba...
En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos. Si esto es así, ¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche? Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial. El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, el atardecer. Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una ligera magnificación alteraba las cosas. Elegíamos autoridades; yo hablaba con Pedro Henríquez Ureña, que en la vigilia ha muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales llegaban desde el Bajo. Una voz gritó: “¡Ahí vienen!” y después: “¡Los Dioses! ¡Los Dioses!”. Cuatro a cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon la tarima del Aula Magna. Todos aplaudimos, llorando, eran los Dioses que volvían al cabo de un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una mano que era una garra; una de las caras de Jano miraba con recelo el encovado pico de Thoth. Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio, con algo de gárgara y de silbido. Las cosas, desde aquel momento, cambiaron. Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que los Dioses no sabían hablar. Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado en ellos lo humano; la luna del islam y la cruz de Roma habían sido implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel, en un saco ajustado se adivinaba el bulto de una daga. Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos. Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres en el sueño) y alegremente dimos muerte a los Dioses.