Sinead O'Connor conquistó el olimpo musical (tanto a nivel comercial como artístico) con su majestuosa versión de un tema olvidado de Prince, Nothing Compares to You, que además supo acompañar con un precioso vídeo, basado tan sólo en un primer plano de su rostro, de perfecta simetría. Tras ello, decidió lanzarse voluntariamente a los infiernos, cuando se atrevió a criticar en público a Juan Pablo II. Seguramente lo hizo en un momento y lugar totalmente equivocados. No obstante, siempre me llamó la atención que a partir de entonces, el supuestamente progresista y liberado público rock juvenil le masacró en cada aparición pública. Hipocresía profunda, o tal vez es que los jovencitos imberbes tenían inoculados sin saberlo algunos dogmas de lo políticamente correcto. De una forma u otra, lo cierto es que la voz de Sinead es una de las más hermosas del panorama anterior, actual y futuro. Y cuando se juntó con The Edge (ya saben, el alma de U2) para hacer el tema de la banda sonora de una película (Captives), el resultado fue una pequeña gran joya pop, tanto por la canción en sí como por la sensibilidad que sabe poner su intérprete a la hora de jecutarla. Heroine, de Sinead O'Connor y The Edge.
No voy a descubrir a nadie a Oasis, una de las bandas emblemáticas del british pop, que en los 90 conquistara medio mundo (los malpensados les calificaron como simples imitadores trasnochados de los Beatles).
Sí descubriré, si ustedes me lo permiten, una de sus canciones más refinadas y elegantes. Podría insertar ese himno llamado Wonderwall, o el ya clásico Don’t Look Back in Anger. Pero no, es el turno de Cast No Shadow.
"No puedes iniciar un fuego si estás preocupándote por tu pequeño mundo derrumbándose"
¿Les
suena? El autor de esta frase es un veterano (realmente veterano),
cuyas letras y melodías han llegado al corazón de millones de personas
de todas las razas en los últimos veinticinco años.
En
estos días saca un nuevo LP. Y aunque no sea mi autor favorito, justo
es reconocerle la habilidad, sinceridad y entrega que a lo largo de
toda su carrera ha mostrado.
Purple Rain es uno de los clásicos inmarchitables de la década de los ochenta. En vivo, Prince realizaba frecuentemente (realiza todavía) majestuosas versiones en las que desplegaba su apabullante dominio de la guitarra eléctrica. Ésta es una de las mejores, realizada en Nagoya (Japón)
Aunque tampoco incomoda actualizar este clásico con un poco del muslamen (perdón, sex-appeal) y la impresionante voz de Beyoncé.
El desarrollo tecnológico ha difuminado en las dos últimas décadas las diferencias entre “versionear”, “copiar”, “tomar prestado” o “inspirarse en”. El sampling (ya sabe, tomar prestado fragmentos de otra canción para insertarla en la propia) ha ayudado mucho a difuminar estas fronteras. Pero a veces da lugar a extrañas y productivas relaciones esporádicas. Stephen Stills firmó en 1967 una hermosa canción, For What It's Worth, sobre el enfrentamiento entre jóvenes y la policía que ya por entonces se producían. Un punteo hipnótico y las arenosas voces de Buffalo Springfield conformaron un pequeño gran clásico del rock.
Treinta y un años después, los adalides del hip hop más poderoso, Public Enemy, “tomaron prestada” la línea de guitarra y la voz de Stills (que regrabó para tal ocasión su aporte vocal) para hacer el single de una banda sonora (He Got Game de Spike Lee). La canción es puro hip-hop, pero hacia el final de la misma se introducen, oh sorpresa, unos hermosos coros góspel, que dan la canción densidad soul allí donde en principio no se podía esperar.
REM saltó al estrellato completo a mediados de los noventa, y fueron (son) de lo más valioso que ha dado el rock USA en las últimas décadas.
Sin embargo, tuvieron una amplia trayectoria, digamos underground, antes de dar el gran salto. De esa época vale la pena rescatar una de sus canciones menos serias y trascendentes, lo cual siempre es de agradecer. Es el fin del mundo tal como lo conocemos, título que tal vez se podría aplicar al momento que vivimos.
Los grupos pop nacen, crecen y mueren (y en ocasiones hasta se reproducen). La mayoría sin pena ni gloria, sus componentes suelen abandonar pronto su sueños juveniles y empiezan a trabajar con su tío carnicero, o vuelven al puesto de botones que pensaron dejar atrás, o se convierten en eficientes ejecutivos con familia e hipoteca. Nada nuevo. Algunos sin embargo tienen su pequeño momento de esplendor, que inclusive puede ser grande y dejarles sus bolsillos repletos de billetes. Pero una cosa es la música y otra el dinero. The Killers es un grupo americano que suena como un grupo inglés. Creado en Las Vegas, tiene ya tres discos editados, y mucho mucho éxito, pero su inspiración ya ha desaparecido y son pasto del peor mainstream. Pero, sí, tuvieron su momento...
Todos conocemos la trayectoria de Tina Turner. Soulwoman vibrante, mito del rock, pasó (como tantas otras) al más profundo de los olvidos a mediados de los setenta, hasta que (como sólo algunas), resucitó comercialmente hablando en 1984 con “What love’s got to do with it”, que la convirtió en estrella pop. Y con ese cambio de estatus, se acabaron los rugidos soul, la rabia, la potencia. Para escalar los charts se necesitaban intrascendentes (cuando no insulsas) cancioncillas de estribillos siempre parecidos, siempre aburridos. That’s business, friend.. Tina Turner se hizo así rica, y desde luego que se merecía eso y más, dado cómo la había tratado durante décadas el canalla de Ike.
No obstante, en sus giras, cuando bajaba el ruedo y cantaba en directo, se podía descubrir a la misma cantante que en los años 60 había incendiado las audiencias con su voz y sus actitudes orgullosas. Y, en ocasiones cuando sobre el escenario se decidía a recuperar el legado del soul y cantar clásicos como “A Change is Gonna Come” (hey, cuarta versión de este tema en el blog!), se podía adivinar en su garganta todo lo sufrido, todo lo sentido, y disfrutar de una voz francamente inapelable. Y por ello lo cuelgo en este post:
Pos-post: Ike Turner murió hace muy poco. Y como se dice en un gran blog, siempre nos quedarán las Ikettes