Que la materia prima de la historia son las decisiones vitales, es algo que también puede ser aplicado a los pueblos. Y el análisis de las decisiones de algunos de ellos nos enseña, en ocasiones con claridad, dónde se encuentran sus raíces. Éste es el caso de Llívia, villa de poco más de mil almas, profundamente española (luego veremos por qué), enclavada (pues se trata de un enclave) en la comarca de la Cerdeña, en el seno de nuestra vecina Francia. Llívia no tiene casi nada de interés, salvo la farmacia en funcionamiento más antigua de Europa (donde los compuestos se guardan en frascos color azul cobalto fabricados en Manises), y un carácter innegablemente ibérico, con todo lo que ello puede significar. Los territorios que la rodean, el Rosellón y otras comarcas francesas, fueron españolas hasta el año siguiente al tratado de los pirineos, en 1659, donde una vez más se modificaban varias fronteras europeas. Este tratado daba fin (temporal, claro) a la tradicional bronca hispano-gala que se venía arrastrando desde la guerra de los treinta años y tras haber patrocinado nuestra simpática vecina una revuelta popular en los territorios catalanoparlantes contra la corona española. En el tratado se especificaba el paso a manos francesas de algo más de una treintena de pueblos, lugares y territorios de esas comarcas. Ninguno de los habitantes de aquellos pagos quería realmente ser francés. Pero sólo los habitantes de Llívia lo consiguieron. Tras analizar con detenimiento el texto del tratado los habitantes de Llívia determinaron que aquello no iba con ellos, pues Llívia tenía el carácter de “villa”, otorgado (por el rey) años atrás, y en el tratado no se mencionaba cesión de villa alguna. Es fácil de imaginar la escena: el boticario, el cura, el maestro y el alcalde se reúnen frente a unos vasos de vino para leer despacito el tratado, y una vez hecho y comprobado el resquicio legal, deciden plantar sus hispanas gónadas ante Felipe IV y Luis XIV, y decirles que a ellos su tratado se la trae al pairo: ellos seguirían siendo españoles por derecho. Puesto que les asistía el derecho real (cosa nunca verdaderamente determinante) y (afortunadamente para ellos) eran insignificantes desde el punto de vista territorial o político, un año más tarde se produjo el suceso extraordinario: se selló su permanencia como territorio español en el tratado de Llívia. Cabe pensar cuántas veces se habrán sentido orgullosos de aquello, y cuántas otras se habrán arrepentido, como buenos españoles en ambos casos. Ahora, arrastrados por efímeros nacionalismos, es posible que quieran hacerles olvidar que siempre quisieron ser españoles, pero su historia habla por ellos.
Pos-post especial nacionalismos: Cuarenta años más tarde, en 1700, Francia prohibió el uso del catalán en todos los territorios que habían pasado a sus manos. Proverbial debió de ser la cara de tontos que se les quedó a todos los que habían participado en las revueltas antiespañolas previas al tratado de los Pirineos.
A menudo no sabemos distinguir la información en sí, del fruto obtenido tras el procesado de esa misma información. Así tendemos a evaluar el nivel cultural de alguien en función de la datos nuevos que puede proporcionarnos, sin preocuparnos de si dichos datos van acompañados de un análisis coherente o no. Se trata (tal vez) de la sustitución de la inteligencia por la memoria. En estos tiempos parece que ya no hace falta entender (palabra con la misma raíz etimológica que inteligencia) sino sólo repetir. Eso sí, con un tono y unos ademanes que dejen muy claro la seriedad y “nivel” del memorista de turno. Pero además, la concepción mercantilista de la cultura nos ha traído la necesidad (casi social) de aportar información nueva, diferente, sorprendente, lo que obliga a quien quiere seguir manteniendo una imagen de persona culta a focalizarse en áreas poco exploradas, en muchas ocasiones áreas reservadas a estudiosos especializados. Así, para cultivar una imagen de persona erudita sólo hacen falta dos cosas: una memoria sólida y un extenso acerbo de datos inconexos sobre temas banales, especialmente anécdotas históricas. No es fácil, pero es mucho más sencillo que cultivar el intelecto, intentar sacar conclusiones o por lo menos hacerse preguntas (en definitiva dudar, que no es malo) a partir de la información digerida. De la otra manera, qué duda cabe que cualquiera (usted y yo) podemos salir cultamente airoso de cualquier conversación sin mostrar nuestra realidad oculta, de forma que sólo nosotros podemos saber si somos una persona que valora la cultura o un necio que sólo pretende mantener una imagen pública. Hagamos esta sencilla prueba, básica y simple pero no por ello menos efectiva: Si se alegra de que los demás sepan tanto como usted, o sólo una pequeña fracción, tal vez usted disfruta y comparte la cultura, pues la circunstancia citada sólo puede mejorar sus posibilidades de conversación y reflexión con sus congéneres. Pero si a usted le molesta, siente cierto resquemor cuando alguien adquiere por otro medio que no sea usted mismo una parte de la información que usted posee, enhorabuena: es candidato para el premio al necio del año. Puedo imaginar la alegría de algún experto bienintencionado ante el "conocimiento popular" de Hipatia de Alejandría o de Nicholas Flamel, aunque sea éste un conocimiento superficial y basado en información errónea: su aparición no hace sino aumentar la probabilidad de despertar el interés de alguien que, algún día, pueda convertirse en experto, lo que asegurará la pervivencia del conocimiento y la información correctos. También puedo imaginar el disgusto de quien, tras haberse quemado las pestañas durante años en busca del conocimiento arcano con el que poder epatar a sus semejantes, protesta airado ante la falsedad de los datos popularizados. En el fondo lo que realmente duele, es que algo tan asequible como una película de cine de noventa minutos haya aniquilado la posibilidad de una conversación en la que hacer gala de erudición, posibilidad que le habrá llevado años de esfuerzo.
Con mucho retraso retomamos la edición de nuestra novela on line, y para compensarlo publicamos dos capítulos simultáneamente. Supongo que algo así también le pasaría alguna vez a Dumas.
Carlos y Beatriz son dos jóvenes concienciados. Llevan tres años acudiendo a todas las anti-cumbres que se realizan de forma simultánea y en la misma ciudad que las reuniones periódicas del G-8. Todo sea por hacer algo para "mejorar el mundo". Pero para ello se desplazan frecuentemente en un Boeing 747 de Iberia. Estimable aparato que cada vez que despega consume el oxígeno que cabría en todo un estadio de futbol como el Santiago Bernabeu. Financian el viaje gracias a trabajos esporádicos desarrollados en empresas como McDonald’s, la gran reina de la comida basura y la obesidad. Y en su último viaje, a la anticumbre de Río, aprovecharon el viaje para quedarse diez días de turismo por la zona, curiosa manera de solidarizarse con los indígenas del Amazonas. Ser ecologista proactivo, ser solidario y querer cambiar al mundo es a veces difícil de llevar a cabo sin seguir siendo cliente y por tanto colaborador de las tan odiadas multinacionales… y sin renunciar a nuestras comodidades del mundo occidental, claro.
Pensar o creer que una actitud social es de una "calidad" moral superior a la actitud personal es en verdad una impostura. Dicho de otra manera, la participación en iniciativas sociales de calado mundial (ONGs, anticumbres, partidos políticos, etc.) por desgracia sustituye muchas veces a las pequeñas decisiones cotidianas que tienen que ver con el entorno de influencia directa de cada uno. Todos lamentamos ver a gente suplicando por su subsistencia y la de sus hijos en la cola de la Casa de la Caridad, pero muy pocos de nosotros se plantea renunciar a su nueva pantalla de plasma líquido, o a ese vestido de Zara, o se desprende en estos lugares del dinero reservado para una tarde de cine.
¿Demagogia?. Eehhh... no. Lo que defendemos es la superioridad moral de la acción de bajo nivel, de las decisiones cotidianas, frente a las imposturas sociales de gran calado que, aunque pueden llegar a servir para mucho (no lo negaremos), cumplen su primera función acallando nuestra conciencia e impidiendo que tomemos todos y cada uno de los días posturas activas como las expuestas. La militancia chic es otra manifestación de esto mismo: esa misma gente que "lucha por el mundo" en las anticumbres no se plantea las pequeñas consecuencias singulares que tienen sus grandes actos de viajar hasta el otro lado del mundo para participar en una manifestación. ¿De nuevo demagogia? Humm… think about it.