Son las once de la noche y me acabo de enterar, como una bofetada en la cara, de la triste noticia: Teddy Pendregrass ha muerto, con tan sólo 59 años, víctima de un cáncer.
En este blog no he hablado ni hablaré nunca de mis experiencias personales, que no interesan a nadie, pero hoy haré una excepción. Porque la noticia ha supuesto un pequeño mazazo para mí, y siento, como dicta el lugar común, que una pequeñita parte de mi experiencia vital se ha ido con su muerte.
Pendergrass fue la mejor voz de los años setenta y ochenta, con una pasmosa capacidad de alternar la más aterciopelada suntuosidad vocal con una profunda fuerza latente, que transmitía sin aparente esfuerzo. Oírle cantar en cualquiera de sus canciones es tanto un placer de los sentidos como un asombro ante un timbre prodigioso, melódico y fascinante. Fue, de adolescente, uno de mis descubrimientos musicales que más huella me dejó. Cuesta creer que un maldito cáncer se lo haya llevado tan joven. Tendremos que acostumbrarnos a la idea de que el mundo ha perdido a uno de los más grandes soulman de la historia, sin parangón alguno. Hoy la música, sin duda, está un poco triste.
Sealpuede presumir de una amplia trayectoria profesional. Se inició como cantante de un lejano hit de música electrónica de 1990. Ya por entonces sorprendía el timbre rasgado de su voz. Inició luego su carrera en solitario bajo la producción de Trevor Jones (el cerebro de Video Kills the Radio Star y creador de los Frankie Goes to Hollywood) obteniendo un éxito mundial con su "Crazy". Se mantuvo luego mal que bien en el panorama musical, con ayudas puntuales de la banda sonora de cierto chalado enmascarado, y algún que otro LP fracasado. Por eso, que a estas alturas lanzara un álbum de versiones de clásicos entre los clásicos del Rythm and Blues, y que se atreviera a llamarlo simplemente “Soul”, no podía dejar de sonar un tanto sospechoso. Y más, por mi parte, cuando la primera canción del LP y además su primer single es el clásico por excelencia de la música negra y seguramente la canción más versioneada en la historia del soul: nada más y nada menos que A Change is Gonna Come, del inmenso Sam Cooke. Pero… tenía que oír el álbum, porque desde luego la voz de Seal merecía ese margen. No voy a hacer reflexiones sesudas ni análisis profesionales: solo diré que “Soul” es contra lo que se podía esperar un respetuoso recorrido por la música negra del siglo XX, donde la producción se olvida de efectos hip-hoperos (no hay nada peor que intentar “modernizar” un clásico a base de caja de ritmos). y recupera (por fin) el sonido orquestal. Y su autor sabe no sólo mantener el tipo, sino que seguramente realiza, con su privilegiada garganta, algunas de las mejores versiones realizadas hasta la fecha, de canciones que (no lo olvidemos), por su estatus de estandars , lo ponen siempre muy difícil a los osados que se atreven con ellas. Si os gusta el soul, comprarlo en Amazon. O en ITunes. O pedirlo prestado. O buscadlo en la red.
Pos-post: Pero la joya, en mi opinión, de este álbum es la versión de una canción del sonido Filadelfia que es puro oro líquido, y que la foca sabe bordar.
Algunas versiones (muy pocas), tienen la extraña virtud de, además de mejorar el original, transformarlo hasta tal punto que la copia se hace irreconocible respecto a la composición original, tomando finalmente una personalidad propia y definida.
Todavía encuentro gente que se queda prendada en cuanto escucha esta resplandeciente canción de los años setenta, que es una de las cimas del primer sonido Philadelphia: Me refiero por supuesto a “Your Song”, del singular Billy Paul.
La melodía derivativa y envolvente, su instrumentación clásica (con esas maravillosas flautas, y el colchón de violines marca de la casa), la personalísima voz de su intérprete y los frenazos y rearrancadas del tema, la convierten en una pequeña gran joya de la música negra que 36 años después conserva intacta su magia (además de ser un ejemplo de producción y arreglos musicales inconmensurables). Lo que pocos advierten (aun luego de haber escuchado el original), es que es una versión. Y más concretamente, una versión de un clásico del pop melodioso (baboso dirán algunos), firmado por el mismísimo Elton John. En efecto, la balada del señor Reginald Kenneth Dwight es uno de los mejores ejemplos de su estilo de desgranar melodías al piano, y aunque personalmente me resulta ya un poco estomagante, no se le puede negar su valor.
Por tanto uno de esos ejemplos en los que la copia toma un esqueleto ya existente (la melodía), para retorcerlo, descoyuntarlo, recomponerlo y recubrirlo luego de nuevos e inusuales ropajes.
Corrían los primeros años setenta. La música negra norteamericana había recorrido ya una década prodigiosa (la de los 60): el sonido Motown había conseguido derribar barreras comerciales y raciales. La Stax y demás sellos independientes habían extendido la buena nueva del soul por todo el mundo, y gente como Sly Stone se aprestaba a crear un apabullante mix de soul, funk y rock que se adelantaría a su tiempo en más de veinte años.