Son las once de la noche y me acabo de enterar, como una bofetada en la cara, de la triste noticia: Teddy Pendregrass ha muerto, con tan sólo 59 años, víctima de un cáncer.
En este blog no he hablado ni hablaré nunca de mis experiencias personales, que no interesan a nadie, pero hoy haré una excepción. Porque la noticia ha supuesto un pequeño mazazo para mí, y siento, como dicta el lugar común, que una pequeñita parte de mi experiencia vital se ha ido con su muerte.
Pendergrass fue la mejor voz de los años setenta y ochenta, con una pasmosa capacidad de alternar la más aterciopelada suntuosidad vocal con una profunda fuerza latente, que transmitía sin aparente esfuerzo. Oírle cantar en cualquiera de sus canciones es tanto un placer de los sentidos como un asombro ante un timbre prodigioso, melódico y fascinante. Fue, de adolescente, uno de mis descubrimientos musicales que más huella me dejó. Cuesta creer que un maldito cáncer se lo haya llevado tan joven. Tendremos que acostumbrarnos a la idea de que el mundo ha perdido a uno de los más grandes soulman de la historia, sin parangón alguno. Hoy la música, sin duda, está un poco triste.